viernes, 31 de enero de 2014

ESPONTÁNEO ENSAYO DE UNA DISPERSA MISCELÁNEA LITERARIA Y OTROS TÓPICOS, EN COMPLETO DESORDEN; ESPERANDO SOLAMENTE QUE A LOS VOYEURISTAS DE BUEN GUSTO, AMANTES DE LAS LETRAS, TANTO COMO DE SUS ESCONDIDOS PLACERES, LES AGRADE ESTE CAOS



ESPONTÁNEO ENSAYO DE UNA DISPERSA MISCELÁNEA LITERARIA Y OTROS TÓPICOS, EN COMPLETO DESORDEN; ESPERANDO SOLAMENTE QUE A LOS VOYEURISTAS DE BUEN GUSTO, AMANTES DE LAS LETRAS, TANTO COMO DE SUS ESCONDIDOS PLACERES, LES AGRADE ESTE CAOS.


I
Después de este título, tan explicativo como los capítulos de El Quijote –menos ingenuo que los de Cervantes; quien parecía así evitarnos la molestia de leer el libro completo-; o los que acostumbraba, en el mismo estilo, Erasmo de Roterdam –menos ingenioso el mío, por supuesto, en relación con los del holandés-, me permito ir más atrás aún, al tiempo y lugar donde el Cristianismo seguía siendo un sueño mal parido; y con eso de que a muchos de los antiguos maestros griegos no les gustaban las mujeres, difícilmente lo habrían dado a luz. –Días en que no se tenía noticia de la historia moderna.
Yo contaba quince años. Lo que hoy llaman “bulling” no tenía nombre, mucho menos apellido. Era la vida, como lo es ahora; y ayer como hoy había quien sucumbía hasta el fondo del abismo, para luego resurgir en la edad madura; a cambio de muchos de aquellos “bulleuristas” –válganme el absurdo término- que se quedaron en el verdadero hoyo. Actualmente son burócratas de escritorio o de escenario, gerentes monstruosos o médicos de señoras adineradas.
En aquella época, uno de los pocos buenos profesores que he tenido en la vida –del cual no recuerdo el nombre; una imagen difusa de su persona es todo lo que queda de él en mí. Quizás porque el sistema mexicano de educación se esforzaba tanto en idiotizarnos con tanta mierda; y lo siguen haciendo con más ahínco-; pero bien que lo visualizo como víctima rapaz de un “bulling” absurdo, cuando este pedagogo acostumbraba trotar, hacer ejercicio a su manera, en la pista de maratón tapizada de piedras que había en la parte trasera del colegio, metido en sus pesados zapatos de cuero ¡tan brillantes!, como un caballo viejo y sin brújula. Tiempos en que iniciaba la famosa cultura del ejercicio de manera masiva, como resultado del sedentarismo enfermizo; pero nunca imaginado esta especie de pandemia en que se ha convertido hoy día.
¡Corre amigo mío, aunque nadie recuerde tu apelativo! ¡Corre mucho, lo más que puedas! ¡Hasta donde aguanten tus pies o los zapatotes de tacón gastado! No te olvides del “walkman” para seguir escuchando algún Claro de Luna que te haga olvidar el mundo que poco a poco se va haciendo tan sin sentido.
Mi profesor no tenía plata para comprarse unas zapatillas; porque si no eran “Adidas” mejor andar descalzo; como aquel etíope que ganó la maratón en una olimpiada. -La perfección de esta estrategia comercial ochentena se puede ver en pleno 2014, en cualquier rincón del mundo donde haya bolsa de valores y bancos extranjeros.
Su clase brillaba, sin necesidad de ninguna luz externa –bueno, al menos para mí-. Cuarenta y tantos años, picado de viruela. Inteligente –la perfección de la ya mencionada estrategia comercial, por parte del Poder, incluye llamar inteligente a cualquier bueno para nada que logra la atención con su barata astucia-. Era un excelente motivador de cerebros en crecimiento, no un simple manipulador de masas. Su cabello negro parecía un tupido sembradío de espinas maduras, que dejaba ver parcialmente ese cráneo siempre sudoroso de sus pasiones muchas; y en contraste los gruesos anteojos de gran aparador. Su niñez lo había impregnado de cierto acento en algún barrio peligroso, que hasta el léxico se le resbalaba por ahí; pero un día, estoy seguro –lo delataba la mirada-, tomó a su “bulleurista” por el cuello y lo ahorcó, sin sentimientos de culpa propios o ajenos.
Un día, a mitad de su cátedra de ética, como era su costumbre nos puso a reflexionar –al menos yo intenté hacerlo. No soy soberbio, ¡eran tan mediocres todos!; excepto ese que se sacaba la máxima nota y dos o tres chicas en la primera fila, como caperucitas rosas sin abuela y sin lobo. El resto, treinta y tantos cerebros vírgenes preferían esperar la salida para seguir embruteciéndose con la música disco.
(Mira que mi generación no ha resultado muy distinguida que digamos. En los últimos cuatro décadas, por poner una muestra, no se ha descubierto un solo medicamento clave, principal; por ejemplo la aspirina).
En fin, aquel día el profesor nos dijo que todos nosotros conocíamos, interpretábamos más, en muchos aspectos de la vida que el mismísimo Sócrates, basándose en la época, el siglo que nos tocó vivir –a este punto me refería cuando expliqué que me regresaba en el tiempo donde el Cristianismo resultó un sueño mal parido; porque lo sigue y seguirá siendo mientras me reciten la palabra de Dios, monótona y absurda, a cambio de escuchar, al menos, su tos, o un estornudo…
O la carraspera que le habrá invadido a Sócrates al atragantarse con la cicuta; orgulloso el viejo griego de que su frase más famosa sea la sentencia más interpretativa de estos tiempos en los colegios públicos latinoamericanos: yo solo sé que no sé nada.
A pesar de todo, Sócrates sigue más vivo que todos nosotros. Claro, él nunca se habrá rapado la cabeza por simple moda, esperando que el sol le calentara el cerebro; solamente por haber tenido piojos, quizás. Ni con anteojos oscuros, porque él necesitaba ver la verdad aunque le doliera, sin evadirse de cualquier mirada. De haber tenido celular, su famosa sentencia hubiese cambiado por “yo sólo sé que no entiendo nada”. El tablet, bueno, quizás lo hubiese salvado de la muerte, al alegar que era ciego, sordo y mudo cibernético por salud mental, y lo que se acumule la próxima semana.
(Ahora que si te encuentras por ahí a un espécimen leyendo un libro en prosa de Bukowski, también ten tus precauciones al confiar en él, independientemente de su fachada exterior).


II
Es una recomendable costumbre, para el buen lector, buscar, leer la obra completa –lo publicado y, de ser posible, lo no publicado- del escritor que nos llega a mover el piso.
En mi caso me faltan, entre tantos muchos, dos o tres cortázares, millers y la prosa de Baudelaire: de esas cosas raras, como sus andanzas epistolares que reflejan fielmente la ambigua faceta del francés hacia “el mal” (su literatura, por así llamarla, oficial) y “el bien” (las cartas a su madre, preguntándole con tanta ternura si necesitaba que le comprase tomates, cebollas y papas, el día de mañana).
Pero hay a quienes les sucede dicho accidente en distinta perspectiva: enamorarse de un estilo literario nacional.
Para ofrecerles una opción, de los rusos del XVIII y XIX; que hasta la pintura contemporánea rusa parece contener ese no sé qué, que no encuentra uno en ninguna parte, sin tanta dosis de comercialismo. Lo mismo sucede en “La Madre”, de Gorky, o en algún delincuente fantasmal creado por Korolenko, o en el innecesario suicida de Andreiev, el confeso de Dostoievski o  el viejo burócrata de Tolstoi.
Algo habita en los cuadros rusos, que se venden por ahí en Inglaterra o Estados Unidos, de autores actuales, que arranca de su propia literatura clásica: siguen siendo fieles, orgullosos de sí mismos en su origen; como lo fueron durante tantos años, aislados de la sensualidad.
Al amar determinado estilo literario nacional –o regional- es necesario leer, al menos, dos libros de cada uno –no cada vaca sagrada, montada en los cuernos de una luna siberiana, sino también de los otros escritores publicados y sobrevivientes (diría Borges), más allá del acontecer histórico de su particular momento-; porque no creo que la fama en vida de Chejov o Gogol le pida gran cosa a Leonov, Nabokov, si partimos de esas peculiaridades, detalles desapercibidos a veces, que tienen que ver con la afinidad a un mecenas o hasta con un estilo extranjerizado, como le pasó a Turguenev, al lograr ser leído, primero, en francés.
¡Tantos detalles intrínsecos dentro de la tan famosa fama!, que hasta la Biblia sufre de ella.

Cuántas ganas tengo de encontrar en internet lo más importante que hoy se esté escribiendo en Hungría, Rumania, República Checa, en la propia Rusia, en español –a mí me intentaron enseñar inglés desde niño, y aunque lo aprendí a medias (como para conversar ampliamente con un sajón tartamudo) el idioma se me hizo tan apático, pero sobre todo tan limitado en cada concepto, frase, que no puedo entender por qué se ha convertido en el habla oficial de la Tierra –claro, porque lo hablan los gringos. ¿Será por esto lo de la actual y burda estandarización del todo?
        Las palabras del idioma inglés representan datos que entre sí forman conceptos. Las palabras del español son conceptos que entre sí forman ideas.
            Y si no es demasiado pedir, ¿en buena traducción, por favor, lo de algún nuevo y buen escritor rumano, heredero de Panait Istrati?
A pesar de las apariencias no soy comunista, ni nada que se le parezca; tampoco lo contrario; mucho menos las inmediateces al respecto, de moda en el orbe actual tan moderno como blando.
Esos detalles de abanderarse con determinada postura socio-política son vanos. Me hartan todos los apelativos que van de aquí para allá y de allá para acá entre manos tan ociosas que no pueden, siquiera, transformar un tronco en leña o un leño en obra de arte; o el arte, por lo menos, distraído del fugaz incendio de los flashes; porque la originalidad surge solamente al lado de una solitaria fogata personal.
La vida es mucho más que una simple postura. Pero eso sí, el desarrollo de cualquier bípedo pensante, clasemediero –esos bichos que tarde o temprano provocan los cambios importantes-, uno que otro por ahí se merece el placer de leer, mínimo, media hora diaria en el metro, en su ocio tan limitado.
Llegando a la conclusión de leer, después de varios años, al menos un libro de todos los imprescindibles –no confundir imprescindible con los que más bien supieron venderle su ralea a los políticos; que Agustín Yáñez, creo yo, es más amplio, fuerte, universal que Juan Rulfo.
Ya dije, y me preparo para la crítica enmohecida mexicana.
Los cuentos del chileno  Oscar Castro son más potentes, necesarios que Neruda -¿hace falta hablar de Huidobro, con su poderosa poesía sin desechos?, que las odas a la cebolla o a Cuauhtémoc, de Neruda, pasan a su lado por sandías podridas.
¡Basta de premiecitos tan devaluados como el Rulfo, el Cervantes o el Nobel literario! 
La prosa de Julio Ramón Ribeyro envuelve un poderío propio que jamás tendrá Vargas Llosa. Lo mismo Ricardo Garibay en relación con Octavio Paz –cuya poesía es de ponerse en duda-. Lo que hace falta es que las palabras se le caigan al escritor por todas partes, manoseándolas sin recato hasta dejarlas sucias, moribundas, para asesinarlas a placer, porque sólo así las hará suyas.
Lo que hace falta es originalidad y pasión en la literatura; no vender libros.

Procura dar con el libro clave de cada escritor que te recomienden, o te seduzca; toma en cuenta que no siempre deberá ser el celebérrimo del autor; y ya sabes, si de pronto un escritor te crispa la materia gris, sigue su ruta, porque ahí tal vez encuentres el famoso milagro tan trillado por el Cristianismo: tu verdad.


III
Tampoco soy ateo.
Pero como dijo Marcelino Perelló: “tan patéticos resultan los católicos, que sólo entre éstos existen ateos”.
No creo que el presidente mexicano sepa mucho de esto. Para él, el ateo debe ser ese tipo que ata… porque nunca jamás le leyeron un cuento de niño; mucho menos supo, creo yo, lo que era abrir un libro.
Los siete enanos de Blanca Nieves deberían ser interpretados, en nombre de las buenas conciencias, como los siete mineros aquellos de poca estatura –para que nadie se sienta ofendido en el desarrollo del Teletón 2014.
¿O qué, a Blanca Nieves nunca le habrán dado ganas de abrir las piernas, con toda la frescura, desvergüenza y el cinismo poético de Santiago Papasquiaro?

Con el paso de los años, en afanosa lectura interesante, al menos uno de cada uno. Si cuentas con alguien que te guíe en tus lecturas o te desenvuelves como te da la gana, o las circunstancias te lo permitan, créeme que es posible tenerlo claro todo en la literatura mundial. Llega el momento en que te das cuenta que algo se repite; pero como dijo una vez más Borges, “no de la misma manera”.
Y si no has tenido nada que hacer en tu vida para ganártela en plata, entregándote en buena parte a la contemplación de tu ocio, en una especie de auto-voyeurismo, no encontrarás gran diferencia con el que se bebió sus años leyendo en los vagones del metro; o con quien se pasó media hora diaria en su lecho, descansando la jornada. (No importa cómo administres tu kilometraje, al final solo llegan los apasionados). Y el que se precie de ser escritor deberá llegar más lejos que el crimen o el castigo que le otorguemos a nuestro viejo profe querido en la memoria.
Si no eres un genio, aspiras a ser un Neruda, un Rulfo.


IV
En este repetitivo caldo de cultivo, donde la mierda logra rehacerse en flor, ¿todavía surgirán novedosos estilos literarios? Me refiero a verdaderos parteaguas.
La originalidad, la rareza, incluso la extravagancia brotan cuando hay extrema urgencia de robar, vender o amar lo que sea; que hasta el árbol centenario, ya muerto, pero aún en pie, obsequia cierta sombra y logra mover sus brazos desnudos hasta cuando no sopla el viento: al parársele en la rama hueca, seca, un ave.
Pero si el aire comienza a bufar derrumbará al cadáver vegetal, sin que a ningún ave le interese gran cosa; porque por ahí viene una fresca ramita verde abriéndose paso.

Hasta hace cuarenta años era posible presenciar cosas increíbles, como el desgajamiento de un pino gigantesco en el bosque, por el capricho de un rayo, a mitad de la feroz tormenta. Hoy día los anteojos para sol y los audífonos dificultan grandemente el goce de esta clase de espectáculos. Así como la reunión espontánea de enormes minorías haciendo el amor en un concierto de Frank Zappa. Los voyeuristas involucrados en el recital terminaron siendo apóstoles del líbido, pasada la medianoche en Barcelona; involucrando su sentir con una lectura de William Burroughs, versos en mano; mientras tanto, a la vuelta, Bach fluía teatral en Queens y el viejo pesado de Bukowski eructaba verdaderamente angelical en Los Ángeles. –Eran otros tiempos.
Pero algo sucedió en el intervalo, porque uno de los eructos del asqueroso tipo hizo temblar el escenario, haciendo caso omiso de la siguiente verdad:
El escrupuloso compositor musical se parece al literato serio –no estrictamente profesional; tanto en el sentido de ser un vendedor de sus libros como si sencillamente domina su ofcio- en esto: no tienen nunca necesidad de interpretar su obra por si mismos –mal leerla, casi siempre, en el caso del escritor-. Pero si Bach hubiese sido literato, en lugar de músico, sus novelas, profundísimas hasta el hartazgo pero no extensas, basándose en su nervio, señorío como artista-, perfectas al mínimo punto, al latir exacto de cualquier ser vivo o los huesos de sus protagonistas.
Acabando pronto: su personal versión de “La Guerra y la Paz” habría sido en trescientas forjas explosivas, cuanto mucho.
 Bach dialogado; y el exquisito humor de su música canturreada en las líneas de sus personajes; porque hay personalidades demasiado fuertes que son regidas un sendero afuera de sí mismas.
Bach literato no habría rivalizado con Shakespeare: el primero lo habría superado en humor, y hasta me atrevo en fisionomías, sicología y parábolas –de alguna manera lo dijo Beatriz Barlo: “la ficción no tiene por que ser, siempre, un borramiento completo de la vida”. Pero Shakespeare lo dejaría muy lejos, lógicamente, en la tragedia.
¿Cuánto hubiese perdido la música si a Bach lo recordásemos como escribidor?
Dibujándolo a través de su propia biografía, aunado al Bach no músico, Chopin hubiera sido ácido y rebelde.
Louis Carrol, después de leer a Chopin escritor, su Alicia en el País de las Maravillas sería recordado como la primera historia célebre, erótica; y tal vez en el mundo actual no existiría tanta carga de adultos mayores, sino simples viejos; niños en situación de calle, sino niños callejeros; gente con otras habilidades, sino simples idiotas: miedo a las palabras; hasta el punto exacto en que todo comenzó a retroceder, a tal grado que se le rinden honores arcaicos a quien no los merece. –Tal vez hasta existirían los automóviles flotantes que predijo Asimov para el 2014; y Liszt estaría presente en cada momento clave de las estaciones de radio que transmiten música moderna.

Siempre y cuando Mozart también fungiera en la historia como escritor. Habría sido más importante en la trama que el propio Bach –un Wilde,  en mejores circunstancias personales-. Sus novelas serían más populares que las de Johann Sebastian; pero las de éste pasarían más fácil el difícil veredicto del tiempo a larguísimo plazo. –Los finales literarios de Bach harían la diferencia; pero si existiera alguna autobiografía novelada de Mozart, ésta acapararía la atención de los voyeuristas hasta hoy, como libro de culto.
Como en pocas ocasiones me veo en la necesaria, exquisita necesidad de provocar un punto y aparte.


V
Hace años, leyendo un buen libro, en excelente traducción, pero que carecía de prefacio y alguna buena o mala fotografía del autor, lo que seguía como buen lector era dirigirse a la biblioteca más cercana, con el fin de descubrirle el perfil o al menos un boceto, sobre todo las facciones, el gesto, la intensión en los ojos del escritor por leer. ¡La fotografía!, porque era como ir recordando su propia ojeada, el atisbo al pasar las páginas, como si él me estuviese contando la historia en privado, en su voz. Al conocer su rostro, el libro tomaba otra cara.
Hoy es más fácil: cualquiera puede encontrarse con todo un álbum de fotos en una de tantas opciones infinitas de google, en pose, suceso, ocurrencia, accidente, acontecimiento, incidente, de vacaciones, en la cama o bañándose; y paradójicamente son tan pocos los que se atreven a descubrir al escritor hablando.
Siempre han sido gran minoría los amantes del arte verdadero. La pregunta es: esa genuina sumisión  al buen gusto en general, esa parte de la humanidad que se da cuenta de las cosas que valen la pena, proporcionalmente, ¿son ahora una minoría menor? ¿No será más bien que ya hay demasiada gente en el mundo, y de esta manera la minoría en cuestión se pierde, parece diluirse, debido a que su número es inversamente proporcional a la multiplicación desenfrenada?
Sin contabilizar a las grandes parvadas de conejos alados que nunca se han posado en la rama estéril de un árbol muerto, sino sólo a esa minoría –cabe destacar que tampoco me considero un selectista absoluto, sin criterio; pero vamos, que si todos somos iguales, no cabe duda de que hay de iguales a iguales-, ¿tendrá algo que ver el voyeurismo de youtube?; ¿o el “bulleurismo” insultante, derivado del voyeurismo de youtube? ¿Les hizo falta un profe de ética que les revelara que Hitler se dejaba influenciar por un brujo para decidir sus estrategias militares?; ¿o respecto a la lapidación gringa al comunismo, desde la historia inventada de Nadia Comaneci, quien a los doce años, se supone tenía que caminar entre la nieve para ir a entrenar, en su país natal;  hasta la leyenda del cadáver de Lenin que se cae a pedazos por Chernobyl, mientras la última versión de Disney on Ice ofrece el cuerpo entumecido de Walt congelado; o el australophitecus   que al norte del río Bravo intentan volver a la vida, sin que haya mujer dispuesta a tener un hijo cavernícola?
Obama defiende la filosofía comercial de “Amazon” al declarar, gringamente, como un Hitler empírico con reminiscencias de un Lenin pastor, que “una buena idea siempre será un buen negocio”; cuando es a partir de la idea donde la literatura, el arte y hasta el progreso comienzan, terminan cobrando sentido intrínseco. Esa manera noble de lograr trascender en la gente, más allá de vincularlo todo al aburrido comercio.
           En otras palabras, una idea es la fijación subjetiva, microscópica dentro de un tema, de la que brotará poco a poco,  luego de muchos ensayos, las palabras exactas; mezcla del discernimiento –el llamado transpirar literario- e inspiración.
Tan distinto al visceral acto de hacer plata. Que comprar, vender o amar, en este talante, viene siendo la misma tontería.
Traducción entrelíneas incluida, que en vano intentaría explicárselo a Obama si estuviese sentado en el living de mi casa –situación que nunca sucederá, porque en ella jamás aceptaría la presencia de un hijo de puta-. El presidente norteamericano afirma, así, que una buena idea, popularizada, hecha al american wave of life -cada día más decadente-, tarde o temprano pondría en ridículo a Maquiavelo, al interpretar  una que otra de sus máximas como: “si quieres que algo funcione, no olvides poner a alguien apretando y aflojando la misma tuerca, el mayor tiempo posible… nadie se va a dar cuenta”. Y añadiría el mismo Obama al heredar otro pozo petrolero de Irak: “si vas a usarlo, ponle aceite; si no, acércale un fósforo”.
El libro “El Príncipe”, de Maquiavelo, de haber conocido el nazismo y capitalismo cabalgante, se hubiese adaptado a ambos; y quizás el socialismo se habría convertido en una especie de Caín, ahí donde Abel prefería pastar sus ovejas en el piso treinta y cinco de las Torres Gemelas.
-Y lo que usted guste y mande –remate del prólogo de Maquiavelo-; total, seguimos fabricando tornillos y el torno está bien afilado, desde mi príncipe   hasta el que venga cuando todos nosotros estemos bien muertos.



VI
¿Retomando el camino? –esa vereda que seguramente también anduvo Maquiavelo-, en uno de los extremos de este ensayo sin pies ni cabeza, no podía faltar André Maurois, cuando decía que todo escritor ducho debería escribir, al menos, una línea diaria –bastante romántica su postura, adecuada quizás a la época de él; pero aun así discutible en su propio tiempo.
Seamos sinceros: las buenas ideas que dan paso a las excelentes historias literarias, casi siempre suceden, las vive el escritor en las grandes ciudades. Porque cuando se domina un arte se logra que el brillante menos trabajado se convierta en coqueteo irresistible; independientemente de que la semilla se siembre una vez al año o una vez al mes. ¡Ándate escribiendo algo a diario, si apenas tienes tiempo de salir corriendo al trabajo y retornar a casa sin fuerzas para la cena; arrinconándote en el extremo de tu cama para que tu esposa entienda que por favor, hoy no…!
Que si bien un tal Echegaray, a quien acaso conocerán en su casa, se ganó el Nobel literario en el año 1904, ¿por qué no ofrecérselo, post-mortum, y sólo por nombrar a uno de tantos que se libraron de esa carga política que, quiérase o no, los inmortalizó, a Gilbert Keith Chesterton? –lo confieso, recién leí un segundo libro de él y por eso lo pongo en la lista de infaltables-; al menos por su inmortal personaje del Padre Brown; con todo ese bajo perfil con el que lo creó el bueno de Gilbert; en tan distinta naturaleza y anti-poses al famoso Sherlock Holmes, de Doyle; cuando ambos son detectives en sus respectivos incidentes policiacos.
Imaginemos al creado por Chesterton, el padre Brown investigando en Cuba, Huatabampo, para ser precisos; o la verdadera traición a Hussein, o lo de la miserable, injusta muerte de Muamar el Gadafi. Brown, luego de dar uno que otro vistazo solitario, astuto, entre los pormenores que su investidura sacerdotal le otorgaba, daría con un solo culpable en pocas jornadas repletas de ironía; uno que otro correo electrónico donde El Vaticano, como buena empresa transnacional, estaría a sus órdenes para cierto trámite puntilloso hasta la médula; y claro, su propio discernimiento que sería la parte principal: más de un presidente europeo occidental sería cómplice  tartamudo.
El padre Brown, metido en su gastada túnica, celebraría que, al menos en Santiago de Chile, no existe ninguna calle importante que recuerde a Connan Doyle; pero sí a Chesterton; vaya uno a saber si por haber sido un ciudadano inglés demasiado agudo, brillante literato o porque, simple y sencillamente, independientemente de la fama “Amazon”, Brown nunca le ofertaría un negocio a nadie –quiero pensar que esa minoría de gente pensante no se está convirtiendo en un chorrito de agua titubeando de sí misma, al caminar por la avenida Chesterton, sin tener la menor idea de quién fue ese tipo.


VII
Se dice que hay dos caminos para que una persona, tarde o temprano, sea reconocida como un genio. Primero, que nazca tal cual. Segundo, que algún asunto en su infancia lo haya proyectado hasta cierto aislamiento, dentro de la pasmosa  nada; enfocándose así, mentalmente, desde crío, a determinada actividad  creadora, dirigida honda y hasta virulenta a su vocación; desarrollada ésta alrededor de una afortunada, prolongada soledad; y la mayor parte de las veces no descubierta, apoyada, admirada, porque la pasmosa nada lo negará ante sí mismo, a pesar de su compulsiva demostración: los “bulleuristas” haciendo de las suyas; metamorfoseándolo hacia el triunfo fácil, al que el genio fundido accede por simple salud mental: ¡arrolla, aniquila, amazonéate, porque el otro camino es suicida!
Pero existe un tercer caso -¡tan tremendo por Dios!-: los genios que nacieron como tales, y además tuvieron que pasar por el ya descrito aislamiento impermeable.
 Generalmente, éstos aprenden rápido a  pasarse los “bulleuristas” por el arco del triunfo,  porque la presión, en todo sentido, es endurecida, necesaria para seguir vital. Y la aptitud, la disposición e inspiración, el don, la facilidad y el gusto se le salen en cada poro –fueron fuertes desde un principio-; porque nada ni nadie puede prohibirles ser lo que son: asesinos de su época por amarla demasiado; la negación total, la inconformidad enfermiza que no es más que la metamorfosis ante el gran cambio social que están a punto de proponer.
El Padre Brown, más que el mismo Chesterton, es quien parece disfrutar esta dualidad de circunstancias –el autor se despliega, obedece al mismo Brown, entregado en sí mismo-; porque mientras más se desdobló Brown, más niño precoz fue en cada cuento, olvidando lo superfluo de su credo, el famoso sueño mal parido del Cristianismo; mismo que en el fondo necesitan y hasta adoran los voyeuristas ateos que no se cansan de ver la cinta porno italiana “Il Confessionale”. –A Brown también le hubiera gustado verla, simplemente para reiterar su vocación.


VIII
Va la revancha, porque si como dijo Cortázar, una buena novela debe contener, en sí misma, varios cuentos, nadie mejor que William Faulkner para darle triste muerte a esta idea.
En su novela Una Fábula, Faulkner creó cuentos tan, pero tan independientes a la idea original, que al terminar de leerla, sinceramente no entendí nada, ni siquiera de sus historias parciales, muchos menos de la trama general. Sobra decir que no me faltó concentración; ni a él el Nobel en 1949, con un discurso exquisito, dicha sea la verdad, sin palabras de más, invitando al novel escritor a hacerlo de la mejor manera posible, si quería convertirse en otro Faulkner...
Tampoco han estado exentas las tristes, gordas vacas sagradas latinoamericanas con tremenda influencia faulkeriana, a partir de los años cincuenta del siglo XX. Quizás debido a esto casi ningún rockstar literario latinoamericano me convenza.
En el “Top-10” de la literatura latinoamericana no son todos los que están, ni están todos los que son.
Otro ejemplo: Héctor Tizón, escritor argentino que supo aislarse, parcialmente, del esplendor faulkeriano, de la aburrida anécdota en línea recta; como tantos más autores en la sombra que no conozco pero necesito leer.


VIII

Si vivir del pasado
es un error
¿te perdiste de algo
historiador?

Creo que ha quedado bien claro que no soy poeta. Son palabras mayores…
¿Cuántos filósofos europeos o prosistas brillantes; el mismo Dickens; y vamos que hasta alguna postura absurda de Sócrates, no escrita por Platón en perfecta ética profesional; o Marx desviándose del dogma por culpa de un estrujón de manos femenino no se dieron cuenta que, apretando y aflojando absolvían a Maquiavelo?
Y a todos los demás, precedentes e inmediatos, ideando la combinación de una caja fuerte que, más bien, resultaba en la sencilla ranura que cualquier llave antigua abriría con la fuerza de una quinceañera en celo; por ejemplo la hermosa Angélica, del “Gatopardo” –la gran excepción.
Kant se habría perdido, bien satisfecho, en ese mar de llaves; hubiese preferido comerse la combinación de la caja con un café con leche, masturbándose así de por vida, a su antojo, estilo y sin sentimiento de culpa.
La puerta sin llave –detrás está la caja fuerte, intacta- da paso a escaleras crujientes de tanto no usarse en siglos, que suben. Necesitan que la filosofía mute en relación con la manera en que hoy se interpreta el mundo. De lo contrario, al analizar el siglo XXIII se encontrarán con un verdadero caos, donde lo faulkneriano sería apenas una anécdota menor de consecuencias catastróficas: seguir inmersos en una literatura repetitiva: gente pensante a la manera del siglo anterior, debido a que no surge todavía la voz que salve esa idiosincrasia lectora latinoamericana, repleta de ideas, lugares y palabras comunes.
Es necesario, como nunca se había dado la ocasión en la historia, no solo latinoamericana; a partir de donde nos quedemos en todo aspecto emocional; retomando las vértices filosóficas infaltables del pasado, resumido todo con el necesario amasijo para superar olores y sabores desagradables por haber abusado de ellos; mostrándole, a la generación que despida al siglo XXI, lo que se puede dar de todo aquel período extraviado por nosotros y nuestros abuelos.
Una nueva realidad que muy poco tenga que ver con nosotros. –El salto que la historia y la filosofía nos exige.


XIX
Así, la Tierra se volverá a topar con un Bach, un Van Gogh, un Rafaello o lo que tú gustes o mandes; eso sí, tintineante en pornográfico sentido del humor, en relación con nuestra era. Hace falta y necesitará suceder. Momentos espectaculares donde ya no será posible enclaustrar a las mayorías groseras. –Frank Zappa o Bob Dylan, en video, les relatarán, a las minorías de entonces, todo este tiempo loco, egoísta en extremo que perdimos-. Pienso que hasta la filosofía ordinaria del voyeurismo –porque en el fondo de las cosas siempre hay una matriz voyeurista- será cómplice de mutaciones en sí misma: manarán planos más sutiles por observar, espiar; las masas al fin callarán, a cambio de ver, escuchar, leer.
Habrá otro Obama en el siglo XXII ¡por supuesto! El antepenúltimo según mis cálculos; inevitable tiempo para que todo quede bien claro; sobre todo a no olvidar a nuestro profesor que nos hacía ver, a pesar del “bulling”, que había que enfrentarse allá afuera para hacerse hombre –esto nunca cambiará-. Falta mucho para que los “bulleuristas” dejen de convertirse en burócratas de medio pelo o médicos de señoras resfriadas.
Los segundos, los minutos se tardan tanto en hacer su labor, abriendo ventanas a ciegas, sin saber lo que viene porque a casi nadie le importa hoy la historia.
El mundo volverá a ser sencillo en su esencia por simple estrategia natural de la que nunca nos podremos librar –estas tácticas, maniobras suelen durar cien de años, por eso nadie las reconoce en el generalizado acontecer diario-
No harán falta tatuajes para ser original; porque el planeta, en sí, siempre ha sido único, curioso, insólito, nuevo, raro, interesante, inaudito, excepcional, limpio, consistente; de la misma manera en que una infección desaparece con el simple paso de las semanas: la piel sufriendo el mercado del hedonismo abaratado, repleto de pus, también verá sanada su herida.


X
Volvamos un poco a la utopía del “antes de entonces”. Porque, entonces, hubo un antes que era tan parecido…
El autor del libro “El Gatopardo”, Giuseppe Tomasi de Lampedusa, nos hace ver que, en 1860, ya se editaban, en París, a poetas que, una semana después, “nadie recordaría”; excepto, supongo, la madre y la novia del emocionado e ingenuo autor –por cierto, afirmaba Lampedusa que “si no fuera por el viento, el aire sería una cloaca”-. Pero en las últimas cuatro décadas, quizás un poco más, este mundo se ha convertido en una especie de global mitómano literario, creyéndose a sí mismo, por simple, económica necesidad de trascendencia, esa infección de malísimo arte que borbota podredumbre  -toda la basura novelesca, cuentesca, poetesca y hasta ensayesca; porque hoy día cualquiera puede publicar un libro imbécil, para sencillamente venderlo –y si no se vende me da lo mismo. ¡Publiqué!
¡Cómo no iba a ser así, si toda esa podredumbre surge desde “Amazon”, a manera de fábula!

Así como hace tantos años que no se ha inventado algo parecido a la aspirina, tampoco ha brotado un literato real; de esos que hace falta una pastilla con coca-cola para no quedarse dormidos y seguir leyéndolo.
¿Cuánto tiempo faltará para que este renuevo de letras nos llegue, envuelto en su capullo de inesperada rareza? Quizás el mismo que necesite la ruta clásica de los huracanes en el Golfo de México para reorganizar su itinerario; hasta que, en su mayoría, y en nombre del Hoyo de Ozono, se vayan a joder la costa atlántica gringa –una especie de desagravio natural; simple naturaleza y lo que te toque, ni modo; hasta que modifiquen la geografía de ese país-. Más de un voyeurista europeo se hará como si no hubiese visto nada, porque nada le costó; pero todos tendrán que retomar, de todo, nada, porque lo mucho será mayoría en Manhattan...
Hasta que surja la corriente literaria, post-hecatombe de huracanes rumbo norte –lo de la última gota de petróleo será historia reciente, entonces; y quizás Asimov no se vuelva a equivocar con eso de los autos flotantes-, dándose cuenta que no todo se perdió –al menos en internet estará la cápsula artística general, al igual que en el Voyager I: el secreto de toda nuestra ridícula fama; excepto los refranes de los viejos; pero puntual el mejor porno, el detalle ya olvidado más allá de la simple convivencia pacífica.
Y el ciclo, tal vez, se repetirá en sentido contrario, en dos siglos más. Una nueva corriente literaria, futurista a su manera, con la excepción de ser, si no optimista, sí risueña, animada, contenta de haber superado a los antiestéticos de Asimov, exponiendo, al igual que éstos, pero en reversa, todo pormenor de la nueva sociedad y circunstancias anti-robot; la sencillez que, según leerán por ahí, en escritos tan antiguos entonces, alguna vez existió en el planeta. –La idiosincrasia global del mundo, una sola en aquellos días, no aceptará del todo cosas como la música regional o las costumbres arcaicas de la bisabuela; demasiado se perderá como se perdió la música inca o azteca; pero esto de seguir vivos trae consigo la nueva marca que, supongo, verá tan antidiluviano el hecho de tomar el encendedor de gas y prender otro cigarro, tal y como lo hago ahora –mensaje a mi tataranieto: tu tatarabuela ha sido una de las mejores mujeres de este siglo XX-XXI, no te quepa la menor duda.
La filosofía también pondrá lo suyo, a partir, forzosamente, de teorías anteriores, válidas como nunca antes porque el propio tiempo las hará más razonables, vivibles, cotidianas; aflojando nudos rancios de todo tipo y nacionalidad, decadentes, por qué no,  en un Nietzsche o Schopenhauer; porque hasta el acero, por servir, se acaba por amoldar a la piel. –Esa caja fuerte será abierta, girará su secreta combinación a través de una nueva voz, pero sobre todo novedosas ideas que sólo la gente del siglo XXII podrá idear.


XI
Porque no es bueno hacer leña del viejo árbol que uno mismo sembró lustros atrás; aunque la palabra más dolorosa, al pronunciarse o escribirla sea adiós; por todo lo perdido que los jóvenes lectores del “anti-robot” puedan rescatar, sin comprender nunca lo que fue la despedida de ese extraño instrumento que eran los audífonos aislantes de la vida; sin anteojos negros, perfectos aisladores de la personalidad pusilánime; sin mensajes en el celular por pura flojera de ir a decírselo personalmente. Hasta que cierto estímulo emocional, desconocido hoy, que haga su aparición global y, a partir de éste, el idioma inglés desaparezca por escaso aporte vehemente y hasta delirante, explicativo ante una realidad tan densa, arrancándole pelusitas al buen entender entre lenguas varias.
 El mar seguirá siempre tan jovial, desmenuzando la arena en cada piedra de la costa; las mismas piedras donde los Neandertal solían pescar, con mucho cuidado, sin idea de sí mismos ni de tu abuela, madre o nietos; mucho menos de aquella reverenda anciana llena de pelos en la espalda, encorvada en su plenitud, que nunca aparecerá en tu vetusto álbum familiar porque caminaba en cuatro patas, y que respondía a un nombre seguramente; aunque le impongan otro mañana, científico, en una sala de clonaciones de Berlín; pero que al menos, en un instante de su larga vida, pensó en ti, sin la necesaria imaginación para interpretar lo que hoy, tristemente, eres, con cables por todas partes.
Los océanos tampoco han dejado de hacer ruido, de modificar sus destinos y corrientes, de llevar de un lado al otro del mundo los huesos de tu ascendencia; al igual que el voyeurismo, porque la perversión de éste, como lo explica Alberto Moravia, se basa en ver, paso a paso, en una de sus más sutiles variantes, los avances ocultos de la literatura.
Por eso afirma Moravia que en el arte, el voyeurismo solo puede instalarse en la narrativa y en el cine, por ser estos los únicos géneros que caminan, fluyen, que tienen movimiento, que pueden ser vistos, espiados.
¿Por qué no ponemos aquí también a la historia? –nadie puede negar sus sublimes pasajes épico-político-fantasmagóricos-. De que camina, fluye, posee movimiento –aunque sea falso; en esto radicaría su porción de arte, porque el arte se basa en su fracción de falsedad para ser genuino-. Todo eso que se pierde el historiador porque nadie lo escribió ni describió o se lo contaron a alguien que asesinaron, etcétera; ojalá que bien lo sepa el lector del post-Huxley: la depuración de la ética, por medio de la lógica, en la vida diaria: tan fácil de derivar la robótica a la insustituible sensibilidad.
Alberto Moravia dice que el voyeurismo, en cualquier circunstancia, debe ser estrechamente privado. Algo así como Maquiavelo ubicado en la parte final de la Revolución Industrial: imaginémoslo proponiéndole a Henry Ford que, de pronto, así nada más porque se me hincha un huevo, se modifique el enroscado de las tuercas, a la izquierda para apretar, a la derecha para aflojar; y si no costase gran cosa, voyeuristas de vocación caminando entre las máquinas para verificar que todos los obreros se han acostumbrado a la escoba metida en su culo, para así mantener limpio, en un solo período de tiempo, su lugar de trabajo.
Me encantaría que los jóvenes post-Huxley fuesen a colegios donde aprendieran por medio de ideas independientes, no asignaturas -¿Rajmáninov, Verdi, y tantos más serían recordados solamente como músicos, de haber tenido maestros e institutrices con estas simples características? ¿Acaso contó con ellos Da Vinci, al ser multifacético?

 En la educación básica, ideas; en la media, ideas optimizadas. Después, la universidad sería la parte más angosta del embudo –porque la básica y la media perfeccinarán las ideas generales-: aportar ideas en la profesión a estudiar, al momento de ser casi un egresado. Dominándolas, empapándose de otras tantas, que tantas veces es lo que marca la vocación verdadera y evita la frustración, incluso en el genio desarrollado. –La lógica de la ética sin aparejos. El cerebro libre en cada cátedra.
Porque es mentira, al menos en literatura, que todo se base en un noventa y nueve por ciento de transpiración y un uno por ciento de inspiración; y es que la misma historia nos enseña que ideas originales es lo más difícil de encontrar dentro de la mente humana; a pesar de que la práctica constante ayuda al desarrollo de la destreza, y la maña, la experiencia que el genio necesita para desmenuzar ideas antes de comenzar a desarrollar alguna.
Me encanta el slogan de una estación de radio tanguera en Buenos Aires: “Ayer, el pasado era mañana”; y mira que entre Gardel y Discépolo no había mucho que amasar; el primero te contaba historias ya escritas; el segundo las escribía, luego de desmenuzar ideas.


XII
A un voyeurista de segundo pelo le basta con la personalidad que aparenta Obama –tan distinta a cuando ve pornografía en privado el tipo. ¿Eligirá negras?
¿Cuántas veces le habrá dicho a su esposa ¡hoy no, por favor!?
Yo prefiero las japonesas porque son, contradictorias a su idiosincracia, las más sucias; mientras tanto Obama seguirá las noticias en la tele: la nota roja azucarada en el noticiero que yo evito por salud mental todos los días; porque si todos somos iguales, definitivamente hay diferencias, señor Barack, o Barak, o como se escriba su nombre; me importa muy poco, por salud mental.

Un profesional del voyeurismo se extasía al ver entrar y salir la tuerca en el tornillo, a toda velocidad, independientemente del sentido que esto tenga. ¡El sonido que provoca al girar y la ilusión óptica!
¡Despierta!, hay que ir al colegio. No olvides dormirte en la clase de matemáticas. Y luego sigue ciencias… –que debería llamarse “empirismo generalizado de nuestro mundo al cincuenta por ciento”.
Todo lo que se aprende en la vida sirve para algo; pero ésta, la vida misma, debería entrometerse en la educación, no al contrario-. Mucho de lo que se blasfema en las aulas, al fondo del embudo, no sirve para nada, más que para embrutecer y acomplejar, para que mañana vean la tele.
Una vueltecita de tuerca cada semana, tan divertido el juego en la insuperable receta para que la gente cruce la avenida en rojo porque el tornero así se los ordena. -Éxtasis de un  voyeurismo en tercera categoría uniformada, con audífonos y anteojos negros, por supuesto, para que no sientan tan severo el atropellamiento.
Y ese niño santiaguino, si estamos de acuerdo en que no dará para genio pero sí para buen hombre –mejor para él-, acaso libre de tanto destornillador, pero dentro de un saco, echándose a perder entre las cebollas que no se vendieron esta semana; nacido, al menos, tan lejos de Estados Unidos, el país menos autocrítico del mundo –una especie de Sicilia del XIX, donde nadie desea, necesita mejorar porque se sienten lindos, pulcros, agraciados en su particularísima cultura cerrada al mundo; al igual que los antiguos romanos que así vieron su fin: su vanidad era más fuerte que su miseria, decía Lampedusa.
Supongo que el Obama en turno, poco tiempo después del post-Huxley, le echará la culpa del declive decisivo al mínimo nivel de autocrítica que  demostró el pato Donald en los cines, o a la falta  del stock-criptonita para Superman, o porque Gatúbela nunca le hizo el sexo oral a un  Robin maricón, mientras Batman andaba de vacaciones.
O porque..

Al creer en Hollywood
consumidor
¿te perdiste de algo
mísero actor?

Lo escaso importante que aportaron los comics perdurará sin apellidos, convirtiéndose en facetas-perfiles fatuos; con excepciones en otros géneros como la gran Betty Davis, la Rapsodia en Azul, Hendrix o Casablanca -un etcétera muy reducido a partir de los años sesenta-; porque sus bombazos en Siria, transmitidos en vivo, para deleite de su cultura voyeurista de cuarto nivel, con tatuajes incluidos en close-up de esos pobres soldados de Ohio, mostrando el brazo flojo, entre sus carnes tan blancas, repletas de pecas, que nunca se podrán comparar con una sola de mis cicatrices, hasta en la entrepierna, por cierto…

Ubiquemos de nuevo al bueno de Maquiavelo siendo un inquieto Neandertal, de pelos largos hasta un poquito más allá del coxis. Traza líneas casi simétricas en la pared de una cueva, pero todavía no puede precisarse si se trata de una caracola o cierta parábola en espiral –en ambos sentidos de la palabra: ¡poner a trabajar a esas legiones garrotudos!-, preguntándose el  inteligente espécimen, protegido del frío por un grueso pelambre de mamut, ¿qué habrá sido primero, el círculo o su elipse rupestre dibujada?; exigiendo cualquier buena explicación al creador de la primera rueda, que todavía no rodaba del todo. Algo estaba bien claro: dar vueltas para retornar al punto de origen; hasta que al primero de los voyeuristas se le ocurriese lapidar un cerro, sacarle lo que le sobraba al monte Rusmore en Hollywood. ¿O acaso serán lo mismo las esfinges de yeso en Rusmore y cualquiera de las pinturas rupestres australopitecoides?

Me gustaría que un director de cine, preferentemente de origen europeo oriental, sin renombre, se atreviera a filmar lo que pasa hoy día en México: violencia, podredumbre y miseria, pero desde otro punto de vista. Por ejemplo, el presidente mexicano, con ese perfil que tiene de actor telenovelesco, convertido en el principal de la película. Una versión actualizada de la cuento largo “El Mexicano Calvo”, de Somerset Maugham…


XIII
Volvamos a cosas más interesantes.
Zappa.
Su famoso álbum “Sheik Yerbouti” sería una novedad en el 2014 –tienes que ver la portada para entenderme-: Me temo que a pesar de haber sido ciudadano gringo, de abuelo italiano; pero sobre todo con esa postura anti-yankee, anti-hijo pródigo, una de tantas aduanas en el mundo occidental lo hubiesen detenido como sospechoso terrorista, desnudándolo y hasta sentándolo sobre un WC.
Por el lado contrario, las masas, tan lejos de la autocrítica y entendimiento, en esta gran escuela global que es la televisión –exenta de una sola idea-, tratando de explicarnos que en este planeta existe algo que se llama “maravillas del mundo”… -¿Alguien por ahí conoce Xilitla?
Oscurantismo minado por millones y trillones de lucecitas de neón, tan tenues que todavía es posible vislumbrar mejores opciones para los genios del futuro; espero, no en la necesidad punzante de aislarse tanto como los de esta época –de los políticos ni hablar: la historia siempre avanza más lenta que el arte; aunque hace falta una buena pastilla para el dolor de cabeza Chichen-Itzante.
Nervios en soledad.

Alberto Moravia, además de señalar lo que los demás están en condiciones de ver, a menudo nos muestra lo que nadie podría ver, salvo un voyeurista.

¿Qué tanto tiene un genio literario de voyeurista? De poseer verdadero temperamento y condición, también es observador patético, capaz de cambiar sus vacaciones en un piso veinte por la observación obscena en busca de un pensamiento nuevo.
¿Habrá existido un solo genio que no fuese, al menos un día de su vida, un potente, enfermizo voyeurista? ¿Se deberá su genio al voyeurismo?
El arte ha avanzado gracias a la indagación sin freno ni moral. Espiar el secreto y al diablo lo demás. Audacia que mucho tiempo después, cuando nadie recuerde la robotización de Asimov, sea interpretada como la nueva, íntegra decencia sin decoro a combatir; porque el mundo sigue dando vueltas tan absurdas que, un día, todo volverá al reflejo humano.
 

domingo, 28 de octubre de 2012

Llueve sobre Seco





LLUEVE SOBRE SECO


Si la tecnología sobrepasa a la humanidad,
tendremos una generación de idiotas.
-Albert Einstein.


Seamos sinceros en nuestra redundancia, y hasta aburridos e ingenuos al repetir, una vez más, esa vieja sentencia: “La vida siempre ha sido la misma”.
Es el aforismo más mediocre que ha conocido la humanidad a partir de su segunda generación; y lo es por un simple motivo: la mente del homo-sapiens está programada, ideada en sublime estrategia, antes que otra cosa, para olvidar; en primer término lo innecesario, lo superfluo a cada quién; luego viene lo que no nos satisface, lo que no cumplió nuestras expectativas; y claro, también lo desagradable –el error, entre otras variantes.
La función recordar es, a la mente humana, inversamente proporcional al cerebro del cuervo, por ejemplo, que aprende, en su genética y experiencia propia, a huir ante la presencia acechante de la rapiña en cuatro patas –no por efecto del patético espantapájaros, fastidioso, inmóvil eterno. Hace milenios que la particular versión de este monigote de paja, con sombrero, para un ave, ha sido la misma; pero el labrador sigue terco, colocándolo a mitad de su sembradío.
El principal cometido de nuestro cerebro no es memorar; más bien es una especie de sofisticado depurador sicológico, a la medida de cada quién.
Lo que recuerda, retiene una persona promedio, de cualquier libro leído por ella, es aquello que el inconsciente, la aguda subjetividad así le obliga a aislar del resto; y su memoria al respecto se traduce, apenas, en tres o cuatro hojas, más o menos; salvo excepciones de una que otra genialidad literaria –o identificación absoluta personal-, donde alcanza a aferrarse, conservar una especie de sinopsis general interesante, respecto a dicho libro.

Así las cosas –y perdón por el brusco cambio de tema-, les cuento que ayer vi en la tele –es imposible observar algo en dicho artefacto- que salió a la venta el nuevo modelito de teléfono celular, de no sé qué marca famosa, con quién sabe cuántas nuevas opciones; o de mejor calidad –en los comerciales utilizan las palabras justas, patrocinio de un Maquiavelo mercadotécnico, para lograr vendérselo, en óptimo engatusamiento, a millones de parroquianos, sobre todo del primer mundo.
Lo mismo sucedía en Australia, Japón, Inglaterra y claro, en Gringolandia. Las filas eran enormes, a pesar de que todavía no abrían sus puertas las tiendas comerciales. Los rostros en toda esa gente irradiaban una extrema felicidad, plenitud al límite, en Sydney, Tokio, Londres, Madrid, Munich o Chicago. Necesitaban, les urgía sentir entre sus dedos hormigueantes –más que entre sus manos inútiles para tomar un martillo- el novísimo paradigma, el exquisito ejemplar.
Lo único que les faltaba era gritar, a coro, algo así como: “¡Por qué nos robaron nuestra infancia! ¡Devuélvanos la imaginación!”. Pero resultaba imposible; no sabían cómo hacerlo…
De hecho, las fugaces escenas en la televisión, recorriendo sus semblantes, esos gestos extasiados en un rápido panel de las cámaras, semejaban una cursi, híbrida revolución en probeta, sin sentido ni soporte; como cuando llegó el primer Ford a tierras inhóspitas americanas; y nadie entendía, en primera instancia, cómo funcionaba el tremendo matalote sin caballos; pero todos quisieron tener uno, lo necesitaran o no; con la fantástica –fanática- opción de cambio en los años siguientes.
Definitivamente había llegado una revolución.
Simplifiquemos todo esto: si desde que el lémur logró evadir sus patas delanteras para desplazarse, las masas han sido mediocres; y por otro lado, los vendedores de teléfonos y demás cositas necesitan de las masas para subsistir. Lo anterior significa que dichos artículos son ideados para mediocres; salvo excepciones puntuales.

A lo ancho –más que a lo largo- de la historia, es posible encontrar infinidad de pautas, muestras simples que, explican por sí mismas, que la vida no ha cambiado un ápice en su fondo; aunque nos lo pinten de mil matices, en sus formas.
Imaginemos, por un momento, la antítesis de toda esta parafernalia de los celulares, por medio de un personaje literario que nada tuvo que ver con la fama fácil, en el devenir de las letras clásicas; pero por esto no menos principal dentro del arte ruso; a pesar de que, el gran capricho de circunstancias, nunca le obsequiaron el lugar que se merecía.
Me refiero a don Tijon Illich. Eso de “don” es puro capricho emotivo mío; porque, dicha sea la verdad, nuestro protagonista siempre fue un bueno para nada, olvidado de si mismo y de casi todos en su pueblo, Durnovka; tan triste de frío la mayor parte del año; a tal grado que los compradores de celulares 2012 difícilmente lo ubicarían en el mapa; según lo pintó perfecto su autor, el escritor ruso Iván Bunin (Vorónezh, 1870 – París, 1953).
Tijon era, en manos-dedos-cerebro-sensibilidad de Bunin, un sesentón al que le dolía el cuerpo por la nieve maldita de seis meses; y el alma, por haber malbaratado su precaria, pequeña vida, preguntándose en la juventud ociosa, alcohólica, ignorante de la costa más cercana, “¿qué pasaría si…?”; hasta que la edad –que nunca falla en modificar la coyuntura y su perspectiva- perturbó su cuestión original, transparente, por ésta otra: “¿qué hubiera pasado si…?”
Debido al cariño que le tomé a Tijon Illich, al leer el libro de Bunin, me niego a imaginarlo, por ejemplo, chateando.
Pero ¿por qué no?
Además podría ser, en este octubre del 2012, el flamante propietario de una pick-up Chevrolet ’71, destartalada, a los veintitantos años; que le sirviera para transportar, de vez en cuando, sus escasos porcinos y el alimento para ellos, desde Durnovka, en un anti-oasis septentrional, durante el estrecho verano –no olvidar que si a la mente le gusta pasar por alto ciertas cosas, también goza jugando con el tiempo. Total, si la vida siempre ha sido la misma, ¿qué diferencia puede haber en hallar a un Tijon que escuche a las “Pussy Riot”? Bien lo explicó Carlos Monsiváis: “durante el siglo XIX, el mundo quería ser francés para hacerse civilizado, refinado, culto. Ahora el mundo necesita ser gringo para estar actual, a la moda”.
Es más, permitámosle a Tijon enviar un mensaje en su celular “de ladrillo” –sigue siendo pobre nuestro amigo-, anticuado, lento, pero todavía útil a sus simples necesidades –ayer, en Moscú, también había filas para adquirir el último modelito de celular aquél-. Creo que la redacción de dicho mensaje hubiera sido casi idéntica al pensamiento que tuvo en su mocedad de hace poco más de un siglo: “¿Qué crees que pasaría si me voy del pueblo?”; o simplemente “Me quiero ir del pueblo”. Incluso “¡Ya no aguanto! ¡Necesito largarme!”
Por su vocación ermitaña, Tijon poseería pocos amigos, lo mismo ayer u hoy -¿los tendría?-; pero suficientes para que, suponiendo, en lugar del mensaje en su celular obsoleto, hubiese mandado un correo electrónico masivo –claro, tan sólo a tres o cuatro contactos-, en un computador del año del caldo, con la misma pregunta, su dilema tendría, al menos, esta corta constelación de opciones:
-Anda Tijon, no seas cobarde –su vecino.
-Tijoncito, acá se vive mejor. ¡Y hay trabajo! –en California.
-¡Imagina, podrías vivir en el trópico! –puertorriqueña que, en alguna noche de su infancia, había leído el cuento “El Pingüino Friolento”.
-Amor mío, te estoy esperando… –española, antes de la crisis europea del 2012.
ó
-Piénsalo muy bien. Todo esto es una ilusión –el mismo vecino.
-Mira que acá te puedes pasar la vida lavando pisos y letrinas –la californiana.
-¿Y si te da SIDA? –la puertorriqueña también suele leer novelitas XXX.
-¡Puta que si roncas te aviento por la ventana! –la misma española, en medio de la crisis europea 2012.

Pero como a toda red le llega el día de desenredarse, cuatro décadas después, la segunda pregunta de Tijon -aquella que se hizo a sí mismo cien años atrás-: “¿Qué hubiera pasado si…?”, lo más seguro es que nunca la hubiese formulado; excepto por medio de un seudónimo en el facebook, a la manera de: “Dios te ama. Ámate a ti mismo”, o “Cuida la Naturaleza, que la Naturaleza te procura a ti”, u “¡Hoy comí porotos con huevo! ¡Aleluya!”
Todo un tipo duro, vigoroso y curtido en el rigor de los elementos y el trabajo, con la excepcional opción de convertirse en estrella; porque si la vida siempre ha sido la misma, ¿qué más da ir pa’ trás o pa’delante en la Chevrolet ’71, o en la carreta? La mente olvida, incluso, los nicks que alguien tuvo, en una fatua comunidad de solterones.
¿Cuál nick habría elegido nuestro Tijon en dicha comunidad? “¿Soliloquiev?”, “¿Patanov?”, “¿Tristerov?”, “¿Miseravich?”
Así sería hoy don Tijon Illich, ¡brillante!, con un poco de ingenio ruso y otra cosita…; y seguro que tendría por ahí, escondidos, un par de anteojos oscuros, de modelo aerodinámico, cuando se pasease en su Chevrolet o para lucir más interesante en las fotos que subiese a internet; proporcionándose a sí mismo la personalidad extraviada; la misma que lucían ayer los compradores de celulares. –Una ventaja de la época actual consiste en que, antes, simplemente se iba por el túnel sin retorno; y adiós, que te vaya bien, compadre. Hoy es más fácil: se adquiere el salvavidas-juguete a un precio razonable, “y adiós, gracias por su compra”. –Una especie de cura contra la frustración.
Pero seamos sinceros: aun y con su estrellato, Tijon seguiría siendo el más perfecto-absurdo bueno para nada, desde el primer Zar hasta Putin, pasando por el Soviet y el emblema de sus amadas “Pussy Riot” –difícilmente hubiera ido a la ciudad más cercana a protestar, exigiendo la liberación de éstas.
¡Qué más da todo lo anterior! –con el permiso de Iván Bunin, creador absoluto de nuestro zarandeado personaje- ¿Acaso no queda claro que, a estas alturas, Tijon ya habría aprendido a esconder su idiotización absoluta, detrás del rostro uniformado, en el gesto acorde al vulgo actual, con voz y voto; exacto, para sobresalir –sacar la cabeza del pantano-, no en un país de tuertos, sino en uno de ciegos, donde el que más parpadea suele ser el rey?; Necesario, porque hoy día, todo el mundo necesita ser importante, aunque sea  fotográfica-egocéntrica-estúpida su imprescindibilidad? Incluso podrían confundirlo en Hong Kong, en Atlanta o Alaska, respecto a su idiosincrasia. Apocado, manejable en toda situación y peripecia límite.
Lo único trascendental sería que, para sí mismo, nunca dejara de ser el valioso héroe-galán-comediante-actor, con un vaso de vodka barato, al lado del computador o, ¡por supuesto!, en medio de una sencilla celebración religiosa, en su Durnovka querida, en 1898. –La notable discrepancia entre el Tijon Illich presente, y el original, sería su mano encallecida, piedra labrada en hornos de labor, manejando el mouse; a cambio de la grácil, estética del oficinista en Frankfurt 2012, con quien chatearía, por error, durante diez segundos casi exactos; repitiendo el desliz al día siguiente.

Al telégrafo, al teletipo, a la radio, al teléfono fijo, incluso a las fotocopias o al fax nunca se les dio un uso tan banal-masivo como se le ha dado a la televisión, al internet o los celulares. ¿Esto significará que, hasta hace diez años, la vida, realmente, había sido la misma? –nótese que los pájaros, que antes se posaban en los alambres del telégrafo, ahora lo hacen sobre los del cable- ¿Esa cursi, híbrida seudo-revolución en probeta, sin sentido ni soporte, de los compradores de celulares ayer en la tele, es más de lo que aparenta ser? ¿Estaremos ante un verdadero parangón histórico-social; como por ejemplo –valga la comparación-, la Revolución Industrial?
Creo que la respuesta es obvia; a menos que dicha revolución sea, más bien, la involución mundial más grande de la historia.
La juventud, hasta los años ochenta, no es que haya sido ingenua, en relación con la vigente: ésta sufre una especie de cándida, ilusa sofisticación respecto al enlace experimental del simple vivir-probar-sentir en carne-emoción propia: la inmediatez de los sentidos. El Tijon del XIX no sabía lo que había más allá de sus montañas; el Tijon del XXI lo conoce en la pantalla, gracias a que una española le mandó fotos del Mediterráneo; terminando éste por pedirle noviazgo cibernético sin necesidad de que se le frunciera el culo, ni morderse la lengua al sacarle el calzón a ella; descubriendo el café de sus ojos, lo blanco de sus nalgas, en la penumbra helada de su cuarto virgen.
Todo chico rebelde debe tener bien claro si, al pasar al lado de un venerable señor que riega su césped, en la calle, pisa su manguera porque no la advierte –Tijon en el XXI-, o porque necesita romperla, al menos hacerle una abertura con su tacón –podría ser, también, Tijon en el XX.
(Aquí cabe una agradable excepción, en nombre de todos a los que nos gusta caminar, libres, hablándonos a nosotros mismos por la vereda, en agradable soliloquio: tanta gente anda hoy día, con audífonos, aislados-indefensos de la caca de perro que están a punto de pisar, del auto que de milagro no los atropella, que casi nadie voltea a vernos; a diferencia de lo que sucedía antaño, en nuestro agradable monólogo tijonillichesco, como si fuésemos unos chafados de la cabeza.
Nunca antes mejor dicho: ¡Aleluya! ¡Ahora nadie nos escucha!)
Para lograr la originalidad, hace veinte años apenas, había que conseguirse un celular al cinto, anteojos aerodinámicos y, si se era muy audaz, mandarse hacer un tatuaje. Hoy día, para ser verdaderamente original debe prescindirse de todo esto; porque el tatuaje dice más que mil palabras… -¿más ingenuos los prefieren?

Envidio la tremenda libertad que goza el Tijon del XXI, sin prejuicios, sin represiones políticas que pongan en peligro la identidad o sus derechos; el conocimiento total y absoluto de lo que le dé la gana. Pero ¿por qué se sobreprotege tanto a sí mismo, que no quiere que lo pinche ninguna de las espinas de esa rosa que le enviará a su “novia”, en California? –No es que no se atreva a dársela en persona (aunque viviese a tres calles de su pueblo). Más bien no ha aprendido, no le han enseñado, no sabe cómo hacerlo, carece de estilo el pobre Tijon del XXI.
Al igual que en la época de los Griegos, de Baudelaire o, incluso de Jim Morrison, esta actualidad se reduce a un noventa y nueve por ciento de mezcolanza mediocre –el gusto de las masas, decía Marcelino Perelló, siempre será un mal gusto-. Nunca se rescata nada de lo vulgar –salvo su gran valor, ingenuo, en las guerras-; pero la que pulula entre nosotros –nótese su mérito, gracias a la tele, al internet  y a los celulares; y al cerebro colectivo que olvida- ha postulado, como Patrimonio de la Humanidad, el come-mete-vomita-saca.
Debido a la inaudita manipulación de masas, en el siglo actual, ha aumentado el porcentaje de tontos en el mundo –tal vez en este hecho podría afirmarse que, en verdad, la vida siempre había sido la misma, de una década para acá-. Esa línea que se había mantenido en punto de equilibrio, por siglos, simplemente titubeó y cayó porque así tenía que ser ante el absoluto manejo, por parte del Poder; pero también tuvo la culpa, más allá de la ingenuidad, la ignorancia del Tijon XIX, traducido en la orfandad emocional heredada, sin remedio, al Tijon XXI. La falta de información del largo-ancho-volumen.

El desenlace del XXI, en exquisitas, maravillosas libertades, emancipaciones del pensamiento; aunado a que los chicos se tropiezan con las mangueras, puede sintetizarse en una especie de brusca alteración de la identidad colectiva; cuando el largo –más que el ancho- de la historia nos enseña que, el limitado humano, en aspectos emocionales, sólo logra evolucionar, con éxito, subiendo un escalón por cada generación, paso a pasito; porque si no da traspiés históricos; y comienza a enviar rosas de naftalina en una pantalla; y su culo se caga con el menor pedo, porque no aprendió a apretar el esfinter cuando debía haber sido recto en su proceder.
La evolución social, en cada generación, solía ser una orden ineludible, intransferible más que a la siguiente; la necesidad básica de sobrevivencia –Tijon necesitaba largarse de su pueblo, en el XIX y en el XXI-. ¿Por qué ahora debe pasar la gente a través de ese mutismo de emociones? –las palmas de las manos curtidas, de Tijon XIX, y la carga emotiva subconsciente que esto significaba-, a cambio de las yemas encallecidas de los dedos pulgares.
A este paso, llegará el día en que la gente nacerá con las nalgas duras. La situación, aunque no se quiera reconocer, linda lo siquiátrica-social. En poco tiempo, la sicología demostrará, diagnosticará a la indivualidad generalizada  como una enfermedad, cuando lata el cerebro libre y el corazón sin guía, marcando el caminito pavimentado, con alfombra roja, a la legión insufrible de tontos, esperando consulta; cuando todo lo que hubieran necesitado fuese un caudal de emociones profundas, allá afuera.
Seguro que el Poder tiene una estrategia bajo la manga: “Sigue consumiéndote a ti mismo. Yo me encargo de que tus pasos vayan por buena senda. ¡Qué importa que no haya piso que pisar!”

El Tijon del XIX sabía, por oídas, al ir a vender sus porcinos, que existía América. Hoy, en Estados Unidos, no les interesa que viva el mundo; en medio de su grisácea realidad ingenua que pisa mangueras, sin saber, al menos, para qué sirven éstas.
Si la época del Oscurantismo veló el saber, por conveniencia, el Poder del 2012 sigue la misma senda, por la misma razón –y el mundo siempre ha sido el mismo, quiéranlo o no los novedosos tontos, por efecto de ese Maquiavelo mercadotécnico.
¡Sorpresa! Nunca como antes han brillado de esta forma los tontos; ni han habido tantos –independientemente de la demografía mundial-. Afortunadamente hay millones de ejemplares de anteojos polarizados, aerodinámicos, en todo Mall, tienda o sucursal de celulares, para evadir el brillo extraordinario de libertades y conocimiento, que se vive hoy.

Tarde o temprano, el tonto tiene que hacer y deshacer, deambula y cae; y se levanta el muy cínico, con otra opinión.
La persona pensante –siempre las habrá- puede llegar al extremo de deshacerse a sí misma, por efecto propio o, muchas veces, de la tontería colectiva –le urge aniquilar la mediocridad que lo envuelve; cosa que nunca logrará totalmente-; pero más pronto que tarde se rehará sobre sus propios postulados, reencontrándose afuera de la pasmosa barbarie sofisticada.
La experiencia dicta que, cada cien años, surge un alma grande y rebelde, en casi todo aspecto de la vida; pero muchas veces se camufla, estratégica –porque no le gusta lo que sus sentidos le ofrecen, como simple oveja pisa-mangueras-. Sigue así la intuición y hasta la costumbre de su rebaño maternal. Es más, sucede igual cuando su medio es anárquico y pensante; porque él tiene otro chip.
Este espíritu insurrecto, en verdad revolucionario, envuelve, en sí mismo, una especie de contra-metáfora del Poder en boga, con su limbo de ideas; hasta que sienta que le llegó la hora de caminar por su senda única, sin chorros de agua en la vereda; dándole otro sentido, al fin, a las palabras ingenuo y sofisticado; ennoblecido en su propio tiempo; pero no podrá hacer más, ni un paso adelante en la escalera que otros construirán; porque la vida siempre ha sido, y por mucho tiempo más, seguirá siendo la misma.

-El tiempo es plata –afirma, hasta el hartazgo, Carlos Slim.
-Eh, bueno, quiero que sepas que si tienes un poco de plata –le podría decir, quizás, esta alma distinta, a quien tenga a su alcance-conveniencia-, mi tiempo es tuyo; siempre y cuando pueda yo escribir.




Pongamos otro ejemplo corto, espectacular, de personajes literarios rusos, anónimos.
Ahora le toca el turno a don Foma Fomich Opiskin, figura central de una novela de Dostoievski (Moscú 1921 – San Petesburgo 1881) -¿cuántos amantes de Fedor  la conocerán?
Lo sé. Foma, egocéntrico enfermizo, manipulador en su intrincada, oscura siquiatría, hubiera sido el perfecto gerente general, presidente o hasta dueño absoluto de alguna transnacional, causante de este brusco cambio en la personalidad abominable.
En la política hubiera sido un Chávez, en Venezuela; un Obama en campaña presidencial, twiteando, feisbukeando o emaileando “celulareadas” baratas –imagina a Confucio o a Cristo, dando a conocer su pensamiento, sus Parábolas de la misma manera: ¿las hubieras creído -interpretado- igual?

Viendo las cosas desde otro punto de vista, podría decirse que hemos progresado bastante. Hoy la estupidez viaja mucho más rápido, entre lucecitas de colores y hasta la opción de retractarse; según convenga al adolescente que pisa la caca de su propio perro; o al presidente de Estados Unidos –sus sobacos; o los de Foma, apestan igual; deslindando, eso sí, a la mirada acogedora; y ésta a la boca que transforma el olor de una rosa de plástico, en ese sabor que se impregnaba hasta la piel; entendiendo la caricia en el oído como un sueño imposible sentir, en época de elecciones.

Hay que entender que, lo mejor que le puede pasar a una persona es vivir bien en este mundo. Al vulgo le gusta su particular situación, ¡y son felices!; lo han sido siempre, en su insignificancia pasmosa.
De lo que se trata es pasarla lo mejor posible, según la interpretación personal. Pero, en la última década, independientemente del status social, hay un porcentaje que ha elegido esta opción vana y a la vez jactanciosa, por obra y gracia de la tele, el internet y sus telefonitos: una especie de niño frustrado al que se le ha abortado la básica experimentación, el juego con su propia imaginación; y que ahora hacen filas enormes, esperando obtener el cacharro de moda, para ver si de esta forma logran aprender a jugar; los novedosos tontos.

El día que llegue a este mundo el siguiente genio social, capaz de encapsular la mente humana al límite de la comprensión-diagnóstico-orientación-cura individual –suena absurdo: una teoría flexible para cada caso; irrepetible, además-, por supuesto que sin medicamentos, ese amanecer comenzará, paulatinamente, paso a pasito, generación tras generación, la antítesis que faltaba de Freud; pero sobre todo, de los tontos como mayoría –Esto último parece más absurdo todavía; pero es posible.
Un siglo o dos, posterior a todo esto, ni siquiera serían necesarias las ideas sociopolíticas; incluso se sacudirían las costumbres idiosincrásicas regionales –que encierran más romanticismo barato que emoción-; dando paso, quizás, al segundo Renacimiento real, mundial; tomando en cuenta que, hoy día, vivimos una especie de segunda Edad Media; y por si fuera poco, con pantalla plana.

Por lo pronto, sigue lloviendo sobre seco; y nadie sembró…


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Por si a alguien le interesa, la historia de Bunin la podrán encontrar –no fácilmente- en su libro “Las Tribulaciones de Tijon Illich”.
Foma Fomich da rienda suelta a su cinismo en el “Stepanchikovo”, de Dostoievski.-Esta novela, además, revela el inusitado, nunca imaginado sentido del humor que poseía Fedor, su autor.