domingo, 28 de octubre de 2012

Llueve sobre Seco





LLUEVE SOBRE SECO


Si la tecnología sobrepasa a la humanidad,
tendremos una generación de idiotas.
-Albert Einstein.


Seamos sinceros en nuestra redundancia, y hasta aburridos e ingenuos al repetir, una vez más, esa vieja sentencia: “La vida siempre ha sido la misma”.
Es el aforismo más mediocre que ha conocido la humanidad a partir de su segunda generación; y lo es por un simple motivo: la mente del homo-sapiens está programada, ideada en sublime estrategia, antes que otra cosa, para olvidar; en primer término lo innecesario, lo superfluo a cada quién; luego viene lo que no nos satisface, lo que no cumplió nuestras expectativas; y claro, también lo desagradable –el error, entre otras variantes.
La función recordar es, a la mente humana, inversamente proporcional al cerebro del cuervo, por ejemplo, que aprende, en su genética y experiencia propia, a huir ante la presencia acechante de la rapiña en cuatro patas –no por efecto del patético espantapájaros, fastidioso, inmóvil eterno. Hace milenios que la particular versión de este monigote de paja, con sombrero, para un ave, ha sido la misma; pero el labrador sigue terco, colocándolo a mitad de su sembradío.
El principal cometido de nuestro cerebro no es memorar; más bien es una especie de sofisticado depurador sicológico, a la medida de cada quién.
Lo que recuerda, retiene una persona promedio, de cualquier libro leído por ella, es aquello que el inconsciente, la aguda subjetividad así le obliga a aislar del resto; y su memoria al respecto se traduce, apenas, en tres o cuatro hojas, más o menos; salvo excepciones de una que otra genialidad literaria –o identificación absoluta personal-, donde alcanza a aferrarse, conservar una especie de sinopsis general interesante, respecto a dicho libro.

Así las cosas –y perdón por el brusco cambio de tema-, les cuento que ayer vi en la tele –es imposible observar algo en dicho artefacto- que salió a la venta el nuevo modelito de teléfono celular, de no sé qué marca famosa, con quién sabe cuántas nuevas opciones; o de mejor calidad –en los comerciales utilizan las palabras justas, patrocinio de un Maquiavelo mercadotécnico, para lograr vendérselo, en óptimo engatusamiento, a millones de parroquianos, sobre todo del primer mundo.
Lo mismo sucedía en Australia, Japón, Inglaterra y claro, en Gringolandia. Las filas eran enormes, a pesar de que todavía no abrían sus puertas las tiendas comerciales. Los rostros en toda esa gente irradiaban una extrema felicidad, plenitud al límite, en Sydney, Tokio, Londres, Madrid, Munich o Chicago. Necesitaban, les urgía sentir entre sus dedos hormigueantes –más que entre sus manos inútiles para tomar un martillo- el novísimo paradigma, el exquisito ejemplar.
Lo único que les faltaba era gritar, a coro, algo así como: “¡Por qué nos robaron nuestra infancia! ¡Devuélvanos la imaginación!”. Pero resultaba imposible; no sabían cómo hacerlo…
De hecho, las fugaces escenas en la televisión, recorriendo sus semblantes, esos gestos extasiados en un rápido panel de las cámaras, semejaban una cursi, híbrida revolución en probeta, sin sentido ni soporte; como cuando llegó el primer Ford a tierras inhóspitas americanas; y nadie entendía, en primera instancia, cómo funcionaba el tremendo matalote sin caballos; pero todos quisieron tener uno, lo necesitaran o no; con la fantástica –fanática- opción de cambio en los años siguientes.
Definitivamente había llegado una revolución.
Simplifiquemos todo esto: si desde que el lémur logró evadir sus patas delanteras para desplazarse, las masas han sido mediocres; y por otro lado, los vendedores de teléfonos y demás cositas necesitan de las masas para subsistir. Lo anterior significa que dichos artículos son ideados para mediocres; salvo excepciones puntuales.

A lo ancho –más que a lo largo- de la historia, es posible encontrar infinidad de pautas, muestras simples que, explican por sí mismas, que la vida no ha cambiado un ápice en su fondo; aunque nos lo pinten de mil matices, en sus formas.
Imaginemos, por un momento, la antítesis de toda esta parafernalia de los celulares, por medio de un personaje literario que nada tuvo que ver con la fama fácil, en el devenir de las letras clásicas; pero por esto no menos principal dentro del arte ruso; a pesar de que, el gran capricho de circunstancias, nunca le obsequiaron el lugar que se merecía.
Me refiero a don Tijon Illich. Eso de “don” es puro capricho emotivo mío; porque, dicha sea la verdad, nuestro protagonista siempre fue un bueno para nada, olvidado de si mismo y de casi todos en su pueblo, Durnovka; tan triste de frío la mayor parte del año; a tal grado que los compradores de celulares 2012 difícilmente lo ubicarían en el mapa; según lo pintó perfecto su autor, el escritor ruso Iván Bunin (Vorónezh, 1870 – París, 1953).
Tijon era, en manos-dedos-cerebro-sensibilidad de Bunin, un sesentón al que le dolía el cuerpo por la nieve maldita de seis meses; y el alma, por haber malbaratado su precaria, pequeña vida, preguntándose en la juventud ociosa, alcohólica, ignorante de la costa más cercana, “¿qué pasaría si…?”; hasta que la edad –que nunca falla en modificar la coyuntura y su perspectiva- perturbó su cuestión original, transparente, por ésta otra: “¿qué hubiera pasado si…?”
Debido al cariño que le tomé a Tijon Illich, al leer el libro de Bunin, me niego a imaginarlo, por ejemplo, chateando.
Pero ¿por qué no?
Además podría ser, en este octubre del 2012, el flamante propietario de una pick-up Chevrolet ’71, destartalada, a los veintitantos años; que le sirviera para transportar, de vez en cuando, sus escasos porcinos y el alimento para ellos, desde Durnovka, en un anti-oasis septentrional, durante el estrecho verano –no olvidar que si a la mente le gusta pasar por alto ciertas cosas, también goza jugando con el tiempo. Total, si la vida siempre ha sido la misma, ¿qué diferencia puede haber en hallar a un Tijon que escuche a las “Pussy Riot”? Bien lo explicó Carlos Monsiváis: “durante el siglo XIX, el mundo quería ser francés para hacerse civilizado, refinado, culto. Ahora el mundo necesita ser gringo para estar actual, a la moda”.
Es más, permitámosle a Tijon enviar un mensaje en su celular “de ladrillo” –sigue siendo pobre nuestro amigo-, anticuado, lento, pero todavía útil a sus simples necesidades –ayer, en Moscú, también había filas para adquirir el último modelito de celular aquél-. Creo que la redacción de dicho mensaje hubiera sido casi idéntica al pensamiento que tuvo en su mocedad de hace poco más de un siglo: “¿Qué crees que pasaría si me voy del pueblo?”; o simplemente “Me quiero ir del pueblo”. Incluso “¡Ya no aguanto! ¡Necesito largarme!”
Por su vocación ermitaña, Tijon poseería pocos amigos, lo mismo ayer u hoy -¿los tendría?-; pero suficientes para que, suponiendo, en lugar del mensaje en su celular obsoleto, hubiese mandado un correo electrónico masivo –claro, tan sólo a tres o cuatro contactos-, en un computador del año del caldo, con la misma pregunta, su dilema tendría, al menos, esta corta constelación de opciones:
-Anda Tijon, no seas cobarde –su vecino.
-Tijoncito, acá se vive mejor. ¡Y hay trabajo! –en California.
-¡Imagina, podrías vivir en el trópico! –puertorriqueña que, en alguna noche de su infancia, había leído el cuento “El Pingüino Friolento”.
-Amor mío, te estoy esperando… –española, antes de la crisis europea del 2012.
ó
-Piénsalo muy bien. Todo esto es una ilusión –el mismo vecino.
-Mira que acá te puedes pasar la vida lavando pisos y letrinas –la californiana.
-¿Y si te da SIDA? –la puertorriqueña también suele leer novelitas XXX.
-¡Puta que si roncas te aviento por la ventana! –la misma española, en medio de la crisis europea 2012.

Pero como a toda red le llega el día de desenredarse, cuatro décadas después, la segunda pregunta de Tijon -aquella que se hizo a sí mismo cien años atrás-: “¿Qué hubiera pasado si…?”, lo más seguro es que nunca la hubiese formulado; excepto por medio de un seudónimo en el facebook, a la manera de: “Dios te ama. Ámate a ti mismo”, o “Cuida la Naturaleza, que la Naturaleza te procura a ti”, u “¡Hoy comí porotos con huevo! ¡Aleluya!”
Todo un tipo duro, vigoroso y curtido en el rigor de los elementos y el trabajo, con la excepcional opción de convertirse en estrella; porque si la vida siempre ha sido la misma, ¿qué más da ir pa’ trás o pa’delante en la Chevrolet ’71, o en la carreta? La mente olvida, incluso, los nicks que alguien tuvo, en una fatua comunidad de solterones.
¿Cuál nick habría elegido nuestro Tijon en dicha comunidad? “¿Soliloquiev?”, “¿Patanov?”, “¿Tristerov?”, “¿Miseravich?”
Así sería hoy don Tijon Illich, ¡brillante!, con un poco de ingenio ruso y otra cosita…; y seguro que tendría por ahí, escondidos, un par de anteojos oscuros, de modelo aerodinámico, cuando se pasease en su Chevrolet o para lucir más interesante en las fotos que subiese a internet; proporcionándose a sí mismo la personalidad extraviada; la misma que lucían ayer los compradores de celulares. –Una ventaja de la época actual consiste en que, antes, simplemente se iba por el túnel sin retorno; y adiós, que te vaya bien, compadre. Hoy es más fácil: se adquiere el salvavidas-juguete a un precio razonable, “y adiós, gracias por su compra”. –Una especie de cura contra la frustración.
Pero seamos sinceros: aun y con su estrellato, Tijon seguiría siendo el más perfecto-absurdo bueno para nada, desde el primer Zar hasta Putin, pasando por el Soviet y el emblema de sus amadas “Pussy Riot” –difícilmente hubiera ido a la ciudad más cercana a protestar, exigiendo la liberación de éstas.
¡Qué más da todo lo anterior! –con el permiso de Iván Bunin, creador absoluto de nuestro zarandeado personaje- ¿Acaso no queda claro que, a estas alturas, Tijon ya habría aprendido a esconder su idiotización absoluta, detrás del rostro uniformado, en el gesto acorde al vulgo actual, con voz y voto; exacto, para sobresalir –sacar la cabeza del pantano-, no en un país de tuertos, sino en uno de ciegos, donde el que más parpadea suele ser el rey?; Necesario, porque hoy día, todo el mundo necesita ser importante, aunque sea  fotográfica-egocéntrica-estúpida su imprescindibilidad? Incluso podrían confundirlo en Hong Kong, en Atlanta o Alaska, respecto a su idiosincrasia. Apocado, manejable en toda situación y peripecia límite.
Lo único trascendental sería que, para sí mismo, nunca dejara de ser el valioso héroe-galán-comediante-actor, con un vaso de vodka barato, al lado del computador o, ¡por supuesto!, en medio de una sencilla celebración religiosa, en su Durnovka querida, en 1898. –La notable discrepancia entre el Tijon Illich presente, y el original, sería su mano encallecida, piedra labrada en hornos de labor, manejando el mouse; a cambio de la grácil, estética del oficinista en Frankfurt 2012, con quien chatearía, por error, durante diez segundos casi exactos; repitiendo el desliz al día siguiente.

Al telégrafo, al teletipo, a la radio, al teléfono fijo, incluso a las fotocopias o al fax nunca se les dio un uso tan banal-masivo como se le ha dado a la televisión, al internet o los celulares. ¿Esto significará que, hasta hace diez años, la vida, realmente, había sido la misma? –nótese que los pájaros, que antes se posaban en los alambres del telégrafo, ahora lo hacen sobre los del cable- ¿Esa cursi, híbrida seudo-revolución en probeta, sin sentido ni soporte, de los compradores de celulares ayer en la tele, es más de lo que aparenta ser? ¿Estaremos ante un verdadero parangón histórico-social; como por ejemplo –valga la comparación-, la Revolución Industrial?
Creo que la respuesta es obvia; a menos que dicha revolución sea, más bien, la involución mundial más grande de la historia.
La juventud, hasta los años ochenta, no es que haya sido ingenua, en relación con la vigente: ésta sufre una especie de cándida, ilusa sofisticación respecto al enlace experimental del simple vivir-probar-sentir en carne-emoción propia: la inmediatez de los sentidos. El Tijon del XIX no sabía lo que había más allá de sus montañas; el Tijon del XXI lo conoce en la pantalla, gracias a que una española le mandó fotos del Mediterráneo; terminando éste por pedirle noviazgo cibernético sin necesidad de que se le frunciera el culo, ni morderse la lengua al sacarle el calzón a ella; descubriendo el café de sus ojos, lo blanco de sus nalgas, en la penumbra helada de su cuarto virgen.
Todo chico rebelde debe tener bien claro si, al pasar al lado de un venerable señor que riega su césped, en la calle, pisa su manguera porque no la advierte –Tijon en el XXI-, o porque necesita romperla, al menos hacerle una abertura con su tacón –podría ser, también, Tijon en el XX.
(Aquí cabe una agradable excepción, en nombre de todos a los que nos gusta caminar, libres, hablándonos a nosotros mismos por la vereda, en agradable soliloquio: tanta gente anda hoy día, con audífonos, aislados-indefensos de la caca de perro que están a punto de pisar, del auto que de milagro no los atropella, que casi nadie voltea a vernos; a diferencia de lo que sucedía antaño, en nuestro agradable monólogo tijonillichesco, como si fuésemos unos chafados de la cabeza.
Nunca antes mejor dicho: ¡Aleluya! ¡Ahora nadie nos escucha!)
Para lograr la originalidad, hace veinte años apenas, había que conseguirse un celular al cinto, anteojos aerodinámicos y, si se era muy audaz, mandarse hacer un tatuaje. Hoy día, para ser verdaderamente original debe prescindirse de todo esto; porque el tatuaje dice más que mil palabras… -¿más ingenuos los prefieren?

Envidio la tremenda libertad que goza el Tijon del XXI, sin prejuicios, sin represiones políticas que pongan en peligro la identidad o sus derechos; el conocimiento total y absoluto de lo que le dé la gana. Pero ¿por qué se sobreprotege tanto a sí mismo, que no quiere que lo pinche ninguna de las espinas de esa rosa que le enviará a su “novia”, en California? –No es que no se atreva a dársela en persona (aunque viviese a tres calles de su pueblo). Más bien no ha aprendido, no le han enseñado, no sabe cómo hacerlo, carece de estilo el pobre Tijon del XXI.
Al igual que en la época de los Griegos, de Baudelaire o, incluso de Jim Morrison, esta actualidad se reduce a un noventa y nueve por ciento de mezcolanza mediocre –el gusto de las masas, decía Marcelino Perelló, siempre será un mal gusto-. Nunca se rescata nada de lo vulgar –salvo su gran valor, ingenuo, en las guerras-; pero la que pulula entre nosotros –nótese su mérito, gracias a la tele, al internet  y a los celulares; y al cerebro colectivo que olvida- ha postulado, como Patrimonio de la Humanidad, el come-mete-vomita-saca.
Debido a la inaudita manipulación de masas, en el siglo actual, ha aumentado el porcentaje de tontos en el mundo –tal vez en este hecho podría afirmarse que, en verdad, la vida siempre había sido la misma, de una década para acá-. Esa línea que se había mantenido en punto de equilibrio, por siglos, simplemente titubeó y cayó porque así tenía que ser ante el absoluto manejo, por parte del Poder; pero también tuvo la culpa, más allá de la ingenuidad, la ignorancia del Tijon XIX, traducido en la orfandad emocional heredada, sin remedio, al Tijon XXI. La falta de información del largo-ancho-volumen.

El desenlace del XXI, en exquisitas, maravillosas libertades, emancipaciones del pensamiento; aunado a que los chicos se tropiezan con las mangueras, puede sintetizarse en una especie de brusca alteración de la identidad colectiva; cuando el largo –más que el ancho- de la historia nos enseña que, el limitado humano, en aspectos emocionales, sólo logra evolucionar, con éxito, subiendo un escalón por cada generación, paso a pasito; porque si no da traspiés históricos; y comienza a enviar rosas de naftalina en una pantalla; y su culo se caga con el menor pedo, porque no aprendió a apretar el esfinter cuando debía haber sido recto en su proceder.
La evolución social, en cada generación, solía ser una orden ineludible, intransferible más que a la siguiente; la necesidad básica de sobrevivencia –Tijon necesitaba largarse de su pueblo, en el XIX y en el XXI-. ¿Por qué ahora debe pasar la gente a través de ese mutismo de emociones? –las palmas de las manos curtidas, de Tijon XIX, y la carga emotiva subconsciente que esto significaba-, a cambio de las yemas encallecidas de los dedos pulgares.
A este paso, llegará el día en que la gente nacerá con las nalgas duras. La situación, aunque no se quiera reconocer, linda lo siquiátrica-social. En poco tiempo, la sicología demostrará, diagnosticará a la indivualidad generalizada  como una enfermedad, cuando lata el cerebro libre y el corazón sin guía, marcando el caminito pavimentado, con alfombra roja, a la legión insufrible de tontos, esperando consulta; cuando todo lo que hubieran necesitado fuese un caudal de emociones profundas, allá afuera.
Seguro que el Poder tiene una estrategia bajo la manga: “Sigue consumiéndote a ti mismo. Yo me encargo de que tus pasos vayan por buena senda. ¡Qué importa que no haya piso que pisar!”

El Tijon del XIX sabía, por oídas, al ir a vender sus porcinos, que existía América. Hoy, en Estados Unidos, no les interesa que viva el mundo; en medio de su grisácea realidad ingenua que pisa mangueras, sin saber, al menos, para qué sirven éstas.
Si la época del Oscurantismo veló el saber, por conveniencia, el Poder del 2012 sigue la misma senda, por la misma razón –y el mundo siempre ha sido el mismo, quiéranlo o no los novedosos tontos, por efecto de ese Maquiavelo mercadotécnico.
¡Sorpresa! Nunca como antes han brillado de esta forma los tontos; ni han habido tantos –independientemente de la demografía mundial-. Afortunadamente hay millones de ejemplares de anteojos polarizados, aerodinámicos, en todo Mall, tienda o sucursal de celulares, para evadir el brillo extraordinario de libertades y conocimiento, que se vive hoy.

Tarde o temprano, el tonto tiene que hacer y deshacer, deambula y cae; y se levanta el muy cínico, con otra opinión.
La persona pensante –siempre las habrá- puede llegar al extremo de deshacerse a sí misma, por efecto propio o, muchas veces, de la tontería colectiva –le urge aniquilar la mediocridad que lo envuelve; cosa que nunca logrará totalmente-; pero más pronto que tarde se rehará sobre sus propios postulados, reencontrándose afuera de la pasmosa barbarie sofisticada.
La experiencia dicta que, cada cien años, surge un alma grande y rebelde, en casi todo aspecto de la vida; pero muchas veces se camufla, estratégica –porque no le gusta lo que sus sentidos le ofrecen, como simple oveja pisa-mangueras-. Sigue así la intuición y hasta la costumbre de su rebaño maternal. Es más, sucede igual cuando su medio es anárquico y pensante; porque él tiene otro chip.
Este espíritu insurrecto, en verdad revolucionario, envuelve, en sí mismo, una especie de contra-metáfora del Poder en boga, con su limbo de ideas; hasta que sienta que le llegó la hora de caminar por su senda única, sin chorros de agua en la vereda; dándole otro sentido, al fin, a las palabras ingenuo y sofisticado; ennoblecido en su propio tiempo; pero no podrá hacer más, ni un paso adelante en la escalera que otros construirán; porque la vida siempre ha sido, y por mucho tiempo más, seguirá siendo la misma.

-El tiempo es plata –afirma, hasta el hartazgo, Carlos Slim.
-Eh, bueno, quiero que sepas que si tienes un poco de plata –le podría decir, quizás, esta alma distinta, a quien tenga a su alcance-conveniencia-, mi tiempo es tuyo; siempre y cuando pueda yo escribir.




Pongamos otro ejemplo corto, espectacular, de personajes literarios rusos, anónimos.
Ahora le toca el turno a don Foma Fomich Opiskin, figura central de una novela de Dostoievski (Moscú 1921 – San Petesburgo 1881) -¿cuántos amantes de Fedor  la conocerán?
Lo sé. Foma, egocéntrico enfermizo, manipulador en su intrincada, oscura siquiatría, hubiera sido el perfecto gerente general, presidente o hasta dueño absoluto de alguna transnacional, causante de este brusco cambio en la personalidad abominable.
En la política hubiera sido un Chávez, en Venezuela; un Obama en campaña presidencial, twiteando, feisbukeando o emaileando “celulareadas” baratas –imagina a Confucio o a Cristo, dando a conocer su pensamiento, sus Parábolas de la misma manera: ¿las hubieras creído -interpretado- igual?

Viendo las cosas desde otro punto de vista, podría decirse que hemos progresado bastante. Hoy la estupidez viaja mucho más rápido, entre lucecitas de colores y hasta la opción de retractarse; según convenga al adolescente que pisa la caca de su propio perro; o al presidente de Estados Unidos –sus sobacos; o los de Foma, apestan igual; deslindando, eso sí, a la mirada acogedora; y ésta a la boca que transforma el olor de una rosa de plástico, en ese sabor que se impregnaba hasta la piel; entendiendo la caricia en el oído como un sueño imposible sentir, en época de elecciones.

Hay que entender que, lo mejor que le puede pasar a una persona es vivir bien en este mundo. Al vulgo le gusta su particular situación, ¡y son felices!; lo han sido siempre, en su insignificancia pasmosa.
De lo que se trata es pasarla lo mejor posible, según la interpretación personal. Pero, en la última década, independientemente del status social, hay un porcentaje que ha elegido esta opción vana y a la vez jactanciosa, por obra y gracia de la tele, el internet y sus telefonitos: una especie de niño frustrado al que se le ha abortado la básica experimentación, el juego con su propia imaginación; y que ahora hacen filas enormes, esperando obtener el cacharro de moda, para ver si de esta forma logran aprender a jugar; los novedosos tontos.

El día que llegue a este mundo el siguiente genio social, capaz de encapsular la mente humana al límite de la comprensión-diagnóstico-orientación-cura individual –suena absurdo: una teoría flexible para cada caso; irrepetible, además-, por supuesto que sin medicamentos, ese amanecer comenzará, paulatinamente, paso a pasito, generación tras generación, la antítesis que faltaba de Freud; pero sobre todo, de los tontos como mayoría –Esto último parece más absurdo todavía; pero es posible.
Un siglo o dos, posterior a todo esto, ni siquiera serían necesarias las ideas sociopolíticas; incluso se sacudirían las costumbres idiosincrásicas regionales –que encierran más romanticismo barato que emoción-; dando paso, quizás, al segundo Renacimiento real, mundial; tomando en cuenta que, hoy día, vivimos una especie de segunda Edad Media; y por si fuera poco, con pantalla plana.

Por lo pronto, sigue lloviendo sobre seco; y nadie sembró…


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Por si a alguien le interesa, la historia de Bunin la podrán encontrar –no fácilmente- en su libro “Las Tribulaciones de Tijon Illich”.
Foma Fomich da rienda suelta a su cinismo en el “Stepanchikovo”, de Dostoievski.-Esta novela, además, revela el inusitado, nunca imaginado sentido del humor que poseía Fedor, su autor.

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