martes, 10 de abril de 2012

Formulario de Bolsillo para todo Cuentista de Oficio









         

FORMULARIO DE BOLSILLO PARA TODO CUENTISTA
DE OFICIO


Siempre fui malo en el colegio para las matemáticas, a tal punto que más de una vez tuve que sobornar a algún profesor para que me pusiera nota aprobatoria, en la maldita clase de Álgebra II, Integrales, etc.
Tan pésimo era –lógicamente lo sigo siendo- que nunca pude aprenderme, al menos, las reglas básicas para despejar variables. Estoy seguro de que esto se notará a continuación.
Después de todo, el lado profundo, intenso del arte, esa estética eficaz siempre mantendrá reservas respecto a cualquier ciencia exacta; pasando a ser ésta, a veces, respecto a la creación humana, una especie de utilísimo oficio. -¿Cómo reducir a una simple fórmula algo que aún no entendemos en plenitud, como lo es el lado izquierdo de nuestro cerebro?
Ese inútil intento para proyectar una prosa corta, que puede quedarse en otro brillante bosquejo, encajonado en el cubo que es nuestra cabeza, cuando se siguen al pie de la letra las “reglas del buen escribir” –Cortázar ya lo dijo al afirmar que no existen dichas reglas en el cuento: el más difícil de los estilos literarios.
Juan Bosch estaba de acuerdo con Julio: “Es más difícil escribir un libro de cuentos, de doscientas cincuenta páginas, que una novela del mismo tamaño. La novela puede desarrollarse durante dos meses; los cuentos…”.
¡Pensar sin palabras! –sin métrica mental-, en la concepción de la idea. Luego, imágenes del ingenio. Habilidad a través de la aptitud neta; esa luz propia, la elocuencia más sutil que se refleja en aquellos maravillosos soliloquios en silencio.
Restringirse a lo justo y necesario. Y por favor, divorciándose del adjetivo tan abaratado hoy día; así como todo lo que también sugiere soslayar Borges.
La blasfemia perfectamente introducida vale por tres conjugaciones mal utilizadas.

En general, ya se ha escrito todo en lo referente a los consejos para escribir cuentos: Baudelaire, Kafka, Nietzsche, Bioy Cáceres, Onetti, Wilde, Unamuno…
Lo que sigue no es más que álgebra básica (¿?). Sé que más de tres escritores actuales, cobijados por la fama fácil, manejarán ésta mucho mejor que yo -¿habrán equivocado su vocación?
Seré sintético porque, a buen entendedor talentoso, no creo que le hagan falta muchas palabras para escribir un buen cuento.




FÓRMULA MÁS SIMPLE PARA DAR CON UNA IDEA GENIAL
(Se requiere de práctica diaria, sin excusas, enfermiza, apasionada; fuera de todo prejuicio, en busca de “esa verdad que anda por ahí”. ¡Seguro que anda por ahí!
Y de pronto, el pez muerde el anzuelo, rebelde, amante, hermoso)

Llevar a cabo raíz cuadrada de (la médula de):
a.- Dedicar, mínimo, media hora diaria –sea Navidad, tu cumpleaños o si se murió tu suegra- a la lectura de calidad. (Onetti recomendaba no sólo leer a los famosos; punto muy importante, porque nunca han estado todos los que son, ni han sido todos los que están).
Multiplicar por siete mil trescientos, que son los días que contienen veinte años; más uno que otro bisiesto, claro.
         b.- Vivencias de todo tipo, cotidianas o no, husmeándolas o de improvisto –las mejores-; sin evitar una sola.
Aquí, el dígito por el que se multiplica es al gusto del propio carácter.
         c.- Emociones al tope.
No hace falta treparse a la montaña rusa. En el metro suelen subirse los que prefieren gritar con la mirada.
Y ya sabes, “si la memoria no te funciona, consíguete una de papel”.
         d.- Practica el deporte de la contemplación artística, ese ocio que mantiene impecables las neuronas.
Toma en cuenta que existe mucho más que el “arte consagrado”, ese que nunca aparecerá en las pasarelas, y que es estratégico entender, para que comprendas hondamente tu tiempo.

Más (a través de):
1a.- Destreza extrema en eso de asimilar el goce y el dolor.
De aquí surge, tarde o temprano, la médula de la idea; no la idea en sí.
1b.- Sabiduría suficiente en el manejo de derrotas –y “triunfos”, si los hay.
1c.- Aceptación y buen rumbo dado a la aplastante cotidianeidad.
1d.- Acostumbrarte a la soledad e indiferencia que los demás reflejarán por tu trabajo.
Gran suerte tendrás si cuentas con un perro. Y si tu pareja te apoya, puedes considerarte como todo un Lázaro, resucitado en la diferencial integridad, al tercer día de haber terminado un cuento: cuando ella –o él- lo apruebe o censure.

Entre (pasando el filtro de):
2a.- Capacidad manifiesta para manejar, simultáneamente, más de una idea.
A veces la creatividad tiene caprichos. ¡Lápiz y papel! Anota, aunque sea, al reverso de tu cajetilla de cigarros. Siempre habrá por ahí alguien con un lápiz que nunca usa.
2b.- Dominio de sí al momento de dar con el esclarecimiento singular.
Si vas en el metro, manéjala, moldéala, anota. Generalmente, el primer bosquejo de idea no cuaja, hay que darle forma, enriquecerla, mimarla.
Evita el ego. Wilde decía que el fin del arte consiste en esconder al artista, dando a conocer sólo la obra.

Entre (¿por qué negarlo?):
3a.- Un vino ayuda, y mucho. No tiene que ser bueno.
Ten cuidado al desdoblar la cajetilla vacía de cigarros, o al desprender la etiqueta de la botella, para que no se rompan si tienes que anotar algo al reverso.

Poner en funcionamiento el algoritmo de todo lo anterior (solución medular de un problema abstracto):
4a.- La Idea.
Es como deslizarse en la nieve sobre una pendiente ligera, sabiendo que en el fondo hay una plataforma de lanzamiento descomunal, peligrosa.
Hay que atreverse. No pasará de que te rompas uno que otro nervio bien ejercitado, y comiences de nuevo.




FÓRMULA PARA DESARROLLAR EL CUENTO
(La médula de la Idea da paso a la palabra bien utilizada.
No se aseguran genialidades o cosas por el estilo)

5a.- Y que te quede bien claro: eso de “necesito escribir algo” es una tontería. Incluso con Idea de por medio, si no estás en tu día, no resulta.
¡Vete a donde te dé la gana y no jodas! –practica deporte en las opciones a, b, c y d, respecto a la “Fórmula más simple para dar con una Idea Genial”.
5b.- Evita manchar con tus vísceras la hoja de papel.
5c.- Aunque esto se reflejará al final de tu trabajo, procura, en lo posible, que las palabras del título del cuento no se repitan en el desarrollo. De esta forma le estarás obsequiando al lector una conclusión magistral, un agregado, la última pincelada en el círculo perfecto que te agradecerá.

Por (sin más):
6a.- ¡No lo dejes caer un solo escalón! ¡Mantenlo, carajo! ¡Súbelo a la pendiente más alta en el momento exacto!
Cortázar opinaba que, en la primera página, siempre debe haber, por ahí, alguna palabra, en apariencia sin peso en la historia, pero que luego se convertirá en clave del todo.
6b.- Independientemente del punto anterior, cada párrafo, aunque sea de una sola línea, trata que contenga una opción novedosa e interesante, aunque sea en la descripción de algo, o la psique del protagonista.
El cuento es una batalla muy corta como para darse el lujo de perder espacios.
Cada hoja que escribas, que se plasme de un vuelco delgado, al menos.
6c.- Si al perfil que le das a tus personajes le falta el mínimo soplo, el cuento se te puede convertir en fábula de mal gusto.
El efecto contrario sucede con los lugares, atmósferas, cosas.

Más (¿lo harías?):
7a.- La médula, la clave, únicamente sugiérela, sin apellido, concepto o insinuación alguna. –Complementar con el punto 5c.
7b.- Re-escríbelo al menos dos veces, completo. De preferencia en versiones manuscritas, antes de contentarte con la definitiva, aunque te parezca que “ya está listo”.
El secreto de manuscribirlo es que, línea tras línea, incluso palabra tras palabra –punto o coma, tras punto y coma-, el cerebro trabaja en el detalle más mínimo; y a la vez, a partir de la segunda versión, en la concepción conjunta, atando cabos sutilísimos, para atrás y para adelante. –La idea es rascarle la pancita a la siempre huidiza perfección.
Generalmente, al escribir a mano, uno deja fuera más de la mitad de lo incluido originalmente; y en contraparte, se enriquece el cuento con más de la mitad de intuiciones sobre la marcha.

Entre (¡puta que cuesta trabajo!):
8a.- Si de pronto te surge esa impostergable ponderación de re-escribir el cuento una vez más, créeme que tu cabeza funciona bien; y además, tienes mucha suerte.
Hazlo.
8b.- El final debe ser inimaginable para el lector, en todo o en parte de tu verdad.
En nombre de la propia literatura, que durante siglos ha brillado maravillosa, abstente de cualquier final hollywoodense. De lo contrario, tu cuento, aunque sea muy leído hoy día, en el mundo entero, será reciclado por la memoria histórica como simple basura.

Entre (sé que es una lata, pero no hay remedio):
9a.- Nunca te deshagas de tus borradores. Guarda hasta aquello que resultó hollywoodense. A veces una palabra puede re-direccionarlo todo.
9b.- Ya sabes, nadie puede decir dónde termina el cuento y comienza la novela. Los franceses dicen que la clave está en las veinte páginas. Yo más bien creo que el secreto habita en la capacidad de síntesis, basándose en los puntos 6a, 6b y 6c; que acaso podría haber, por ahí, un cuento de cien páginas, o más. -¿Algún problema?
9c.- El vino… despierta a los personajes, enriquece la prosa. Sublima.
Ten cuidado con tus versiones manuscritas: a veces uno no puede entender qué mierda escribimos por ahí, el día anterior.




ESTO NO ES UN MÉTODO, ACASO LA SIMPLE RECETA PARA OPTIMIZAR EL VOCABULARIO
(Si se tiene claro el algoritmo de la idea genial, más la fórmula para desarrollar el cuento, podemos entendernos)

10a.- El torrente sanguíneo.
No te confíes de todos los modernismos aceptados por la RAI. Hay intereses mezquinos de por medio, comerciales. Varios de estos modernismos nadie los recordará dentro de tres décadas.
Por otro lado, hay varias palabras novedosas, muy elocuentes en castellano, no “aceptadas” por la decadente RAI. Sé cauto para descubrir la diferencia.

10b.- Si tu adjetivo es atrevido, y no exagerado, las pupilas de tu lector se dilatarán.
10c.- Atrévete a innovar palabras, dentro de lo razonable. El tiempo te dará su respuesta pulcra.
Si dentro de cien años resultas ser el padre de un nuevo vocablo, quizás también tu nieto pueda ser el descendiente de un nuevo genio.
10d.- No te guardes ninguna palabra; que hasta los dichos populares sufren sus metamorfosis.

Entre (¡anda, apenas empieza el trabajo!):
11a.- ¿Te has dado cuenta que, a veces, al re-leer un párrafo, como que te dejó sabor a nada, pero la idea sigue siendo buena?
11b.- No caigas en el error de usar palabras con sabor a frac barato.
11c.- No debe haber una sola palabra, un espacio, una coma de más.
(No te preocupes demasiado: por mucho que revises, siempre se te escapará algo por ahí. Ten en cuenta que no existe libro alguno exento de algún error de tipeo).
11d.- Si llegas lejos, ten tus reservas, porque suele suceder que, a veces, alguna traducción resulta enriquecida, respecto a la versión original.
Julio Cortázar le exigía a sus traductores que el lenguaje utilizado por ellos no provocara que el texto, traducido, decayese en ningún aspecto.




A sudar, damas y caballeros, que esto no consiste solamente en rascarse la cabeza; sino en lograr que la maldita tuerca, multiforme, no necesite otra vuelta en el tornillo. -Por favor, evitar el uso de aceites o soldaduras.
A sudar sangre; pero también lágrimas de éxtasis, de exquisita cosquilla, de placer sin límite; porque redactar un cuento que valga la pena representa el colofón de varios huracanes.
Lo encasillado fuera de todo lo anterior, digamos que forma parte de uno de los dos caminos que sigue el miedo para salirse con la suya: el hecho de dominar una técnica, a la perfección, no ha convertido nunca, a nadie, en buen artista.
¿Te surgen más preguntas que respuestas? Ten más cuidado con estas últimas: cuando la idea vende mucho, en vida del escritor, su pensamiento y vocabulario suelen restringirse a cero. O sea, el “artista” miente; no respecto a la historia contada, sino a la autenticidad de sí mismo.
Cuando más suele reflejarse cualquier verdad, los ojos de quien la expresan buscan la posición exacta de la escena –la policía sabe mucho de esto.
Y más precaución todavía: un literato prolífico nunca podrá leerlo todo, porque, más que nada, debe –necesita- escribirlo todo. Y así, el crítico competente de su tiempo no lo podrá comprender a plenitud, en una primera lectura.
Mas, ¿qué es el arte, sino ese todo sostenido por lo mínimo?
El arte no debería ser explicado nunca; mucho menos compartido por nadie; de la misma manera en que yo nunca asimilaré a las matemáticas.
¿Qué es más interesante –inteligente-?, ¿despreciar a alguien por su color de piel, o por la incoloridad de su materia gris?

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