martes, 27 de marzo de 2007

Puntos Suspensivos





PUNTOS SUSPENSIVOS


Es fácil escribir bien. Todo lo que se necesita es disciplina, tremenda disciplina de años para aprender, aceptar poco a poco las reglas; llenando, como resultado, el cerebro de claves, atajos, mucha maña; así como el librero y más de una caja repleta del interminable ensayo manuscrito lleno de tachaduras, y hasta la computadora de caracteres.
   Incluso sin vocación, ante la pura necesidad de sobrevivencia, la simple práctica enseña a escribir bien. Digamos al cien por ciento de sudor y cero por ciento de genio e inspiración    –acaso cierta dosis de talento descubierto, a veces, sobre la marcha.

   Pero existe un abismo entre el simple hecho de escribir bien y escribir con carácter en el estilo, que hasta la osada heterodoxia echa mano de aquella regla para demostrar, incluso, la decadencia o el error inadvertido por la arrogancia de los creadores de aquella. –León Felipe lo dijo mejor que nadie: “La retórica del poeta está en el cielo”.

   Si se está dispuesto a correr semejante riesgo, será indispensable, en cada intentona, encontrar el original punto de equilibrio de un círculo perfecto –que sin duda será la versión más auténtica, tangible, audible y olfativa de un delicioso universo, consumado, siguiéndole el rastro hasta por debajo de sus piedras-, con apoyo en la nada, palabra tras palabra, labradas sin excusa en rocas de granito, en la oscuridad de una caverna, en el sueño de una vida; hasta sacar a flote la Idea, lo peculiar de un algoritmo con alma de diamante; tal vez filosófico, para seguir fastidiando la famosa regla tan violada a diario en los periódicos o en el sucio parloteo de un juez elocuente. Y a manera de colofón, esa frágil, intensa angustia de unos puntos suspensivos provocando la incertidumbre, el extravío, el naufragio del lector.
   A esto es a lo que se le llama Escribir.

   Y es que no es tan fácil hacerlo cuando la cotidianeidad no lo exige; cuando se logra hacer dudar al propio dogma en el simple desequilibrio de tres lunares en camuflaje de asimetría, aún frescos, tanto que se diluyen en mares de papel; dando a luz al suspenso de aquellos puntos desbarrancándose de libretas, cajetillas vacías de cigarrillos, panfletos de moda, paredes y hasta cuentas de hotel. Incluso la palma de mi mano, de náufrago, agitada en lo alto, esperando a que la tinta se seque y el sueño cristalino no convierta mi universo en otra nebulosa.

   Vamos, para dominar al mundo siempre será necesario, básico, imprescindible                    –suficiente-, seguir el método susurrado de una gran mentira, una burda constante sustituida por otra de vez en cuando.
   Para gritar mi verdad –recuerdo tan pocas cosas de muchas más- basta con aventarme al abismo.

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