martes, 27 de marzo de 2007

Pulsaciones de un Café (Segunda Parte) -Versión Abstracta




PULSACIONES DE UN CAFÉ (II)
(Versión Abstracta)



   La bombilla prendida bajo el techumbre aburrido de no ser lecho en piedad, opaca al silencio a través del polvo que la envuelve desde que comenzara a cobrar forma aquella telaraña. Partícula ceniza adherida también al jirón ondulante en quietud absoluta.
   Es el reflejo rescatable. Luz ausente. Furia apenada por no lograr verter vida en ese río desembocante concéntrico al interior de la taza; en toda imagen fantasmagórica generada espontánea en el té de cafeína, en capricho natural de caracolas y espirales. Remolino revuelto, mas no entrelazado, termina de acomodarse en el universo                       –pensamiento furtivo, luces huidizas de certidumbre manifiesta dando paso a la trama de más de una ilusión que simula su mente.
   Si aguza la vista adivinará, sin lograr verla, la sorpresa del color, en ninguna otra parte plasmada en este momento. Matiz fundido, chocante quizás, explota cerca de la orilla.
   El escritor se anima a asomar en el manantial: la frente se frunce apenada; apenas visible entre su cabello en verdad desesperado por dar con esa palabra, aniquilante cada vez que su propia sombra se monta en el espejismo de expresión.

   Duele ver la intensidad del barro rugoso dando forma un tanto informe a la vieja taza, decorada con escurrimientos de por vida en su curva grotesca; en el papel; en las astillas en carne viva de la mesa modelada para madurar la vejez del artista, en angustia de sonidos; muda pronunciación por escoger adjetivos cualquiera; que cualquiera puede ser salida en el momento en que el prosista recoge su codo calloso de ocio, en búsqueda de la razón cuando la razón resulta locura adjetivada para los demás.
   La expresión tan deseada no llega. Sigue oculta más allá del techo fastidiado por no ser tálamo de su espalda dolorida. Al menos la taza empantanada apuesta al aceite bajo el agua. Escribir, en lugar de hablar.
   Cuando habla, le llegan tantas ideas amotinadas que termina por convertirse en un calificativo amordazado, en proyección de un renovado universo de caracolas, espirales y, sobre todo, el desgastado remolino tirando únicamente de lo indispensable para que el lector reordene su pensamiento.

   Sorbe de a poco, que poco es nada. El último trago, evidente, infalible. Amenaza con desestabilizar la estética de la idea original, en falaz movediza de su mano apostando a la izquierda. Muere por moverse.
   Ahora es virtuoso el margen de error: al asomarse de nuevo en el lecho de la taza le parece descubrir el reflejo de un mosco, también con mordaza. Más bien es la cáscara de un mosco, chupado, colgando del jirón de telaraña; envuelto para regalo para quien logre interpretar el parpadeo de gravedad, que trémulo flota.
   Nuevo tormento. El fresco accidente del insecto le incita un par de renovadas ideas a desarrollar por la mañana. -Es tan afortunado este escritor que nunca posee el mínimo bosquejo, un día antes, de su siguiente intento, ciego al amanecer. Solo en la noche.
Sólo la penumbra de su bombilla polvorienta conoce la clave para invitarlo a ser; a hacer lo que es: un hacedor de seres imaginados vivos, o vivos en su imaginación. Fantasmal tejedor de huidiza, novedosa verborrea hasta que el ser humano logre reflejarse en ella.

   En el fondo de la taza consumida, en el filo de sus dientes nerviosos, se debaten diminutas fracciones de granos de café molido, sobre su lengua al sonido del lenguaje.
   Un lápiz al fin se siente guiado. La letra garrapateada describe el mapa, las venas de la mesa.
   El miedo, no a equivocarse, más bien a acertar con esa maldita letra conjugada en armonía de alas-mensaje sin guía; por Dios que sin sentido.

   “¿Por qué?, ¿por qué te busco tanto, si al hallarte sé que volveré a desconfiar de ti?”       –plegaria del artista dirigida con entusiasmo al lenguaje, a su propia voz.

   Cruje la mesa de nuevo. Pide clemencia en perfil inconcluso al buscador de armonías. ¡Tanta historia llevan a cuestas los ladrillos que lo enclaustran!
Halos de luz alrededor del ron embarrado en su vista; en el manuscrito receloso de su propio autor.
   Sale a la vida. La palabra pende de la telaraña vacía.

1 comentario:

Hugo Carlos dijo...

El café es una panacea. Deseca los
humores fríos, destruye las ventosidades, corrobora el hígado, es compostura soberana contra
la hidropesía y la sarna, refresca el corazón y quita los dolores de estómago...

Lo leí algún día de mi autor favorito...

salud!

byebye

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