martes, 27 de marzo de 2007

La Idea




LA IDEA



 Es siempre a partir de una idea donde la literatura comienza; termina cobrando sentido.
   No me refiero a temas, cuestiones o un asunto genérico; más bien a esa caprichosa imagen conceptual reflexionada por un instante en la mente; aun la fantasía de ingenio intrínseco en sí mismo, los cuales se valen incluso de obsesiones, antojos o hasta manías, aspirando a toparse con su propio argumento ideal.
   En otras palabras, es la fijación subjetiva, microscópica dentro de un tema, de la que brotará poco a poco,  luego de muchos ensayos, las palabras exactas; mezcla del discernimiento –el llamado transpirar literario- e inspiración.

   Al tenerse clara la idea en particular, el trabajo pesado de arrastrar la pluma o teclear frenéticos logra sintetizarse en muy buena medida; reduciéndose a la interesante experimentación de unas cuantas variables; y si hay talento, la inspiración se encargará de impregnar el desarrollo, convirtiéndose en el ingrediente principal del escrito, al proporcionarle profundidad en todo sentido a la idea original.

   Aun cuando dicha idea a veces brota o se modifica, con hondura e intensidad, durante el proceso, provocando el replanteamiento drástico o somero de los demás factores, aquella luz siempre surge en fracciones de segundo en la mente; mientras el arrebato y el arrastre o tecleo invariablemente van de la mano, y su evolución madura puede durar horas o años. Pero la idea, el chispazo creador de todo, ahí está ya como base insustituible en el futuro texto, pues sin ella nada de lo demás tendría sentido verdadero.

   Es mentira, al menos en literatura, que todo se base en un noventa y nueve por ciento de transpiración y un uno por ciento de inspiración; y es que la misma historia nos enseña que ideas originales es lo más difícil de encontrar dentro de la mente humana; a pesar de que la práctica constante ayuda al desarrollo de la destreza, y ésta, a la vez, el genio necesario para desmenuzar ideas antes de comenzar a desarrollar alguna.

   Pero no hay que confundirse. La inspiración en sí no genera la idea. Ésta más bien es una especie de dialecto instantáneo e irrepetible creado por nosotros por medio de una aguda, afortunada transpiración de las neuronas conectadas con una sutil, desconocida atmósfera real; por lo tanto nunca se revela cuando la buscamos premeditadamente.
   Sin ideas trascendentes, la literatura resulta tan plana como una fría combinación numérica. Más importante que esos porcentajes inspirados y transpirados, lo son un lápiz y una hoja de papel en el bolsillo para atrapar esos escasos chispazos, en el lugar y momento menos sospechado, incluso menos inspirado de nuestra vida.

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