martes, 27 de marzo de 2007

La Idea (Segunda Parte)




LA IDEA (Segunda Parte)


   La cama plegadiza permanece en el mismo rincón tragándose abandonos; adherida a la pared por telarañas a manera de manto macabro, olvidado en otra circunstancia; visible desde la puerta, al extremo opuesto de la pequeña recámara.
   Si las arañas pudiesen alimentarse de polvo, quizás alguna ya habría aprendido a estirar esa vieja cama que solía crujir de dolor como discordante bandoneón; reposando en un tiempo el fastidio, su gula seca; pero lo único que parece mantener aquel sueño singular es el mismo polvo que solía anunciar su entrada vespertina por el visillo de la ventana, a manera de nieve evaporada en pirueta ocasional, resplandeciente al dudoso amparo de un sol festivo y secretos en la tumba del sillón apolillado, con tres ladrillos siempre en humedad, en vez de patas, martirizando la corta alfombra deshilachada desde el tercer piso, donde hasta los moscos eran bienvenidos.
   El escritorio y la silla se han convertido en lo más semejante a la silueta de un fantasma pulverizado en el rincón opuesto del diminuto espacio. El techo opaco, manchado en un azar voluptuoso de amarillo pardo que esconde enigmas de obsesión, traducidos en eterno ascenso del cigarrillo y transpiraciones, noventa y nueve por ciento desoladas, el resto ocasional hasta la parte alta de la pared; donde el escritorio arrumbado se pregunta si él ya habrá viajado lo suficiente para considerarse un ducho contador de historias, o si la historia algún día contará su introversión maníaca a través del talento.
   Sobre la silla rústica –que sigue desde hace varios meses inmóvil, sin mácula, colocada con decencia en el hueco del escritorio- reposan los últimos bosquejos de una inspiración aprendida de memoria, abandonado uno tras otro por el seductor de sensaciones, entre mil marcas obvias y tachadura en neurosis, aquella tarde en que la conmoción lo orillara a prescindir de ese uno por ciento ocasional que, para no variar, él imaginó eterno; al menos mientras la última partícula del polvo se posaba sobre esa piel femenina, modificando con hondura e intensidad el doble celo del segundo bastante en que ella pronunció la palabra clave, para que ahora la imaginación del autor se obstine en atrapar la idea a desarrollar en cualquier nuevo espacio de la ciudad.
 -La renta es de mil quinientos pesos; un depósito por la misma suma y dos meses de adelanto… Eh, únicamente nos falta pintar esta recámara –recita el arrendador, luego de girar completa la angustia de las bisagras; seguido por el cliente potencial-. El inquilino que teníamos era muy extraño –sigue el dueño del lugar, dirigiendo su mirada apenada en toda dirección-. Ya sabe, uno de esos locos solitarios. ¡Qué tipo!, ¡se limitó a amueblar solamente esta parte del departamento!
   -¿El inquilino era muy extraño? –pregunta el futuro cliente-, ¿a qué se refiere con eso? –abanicándose el rostro con su diario doblado ante el bochorno de encierro; a la vez que descubre con intriga una de tantas anotaciones aisladas, nerviosas, a lápiz, las cuales tapizan la parte baja de una pared; una que otra marca el yeso o apenas enfocando en su conjunto un espacio casi desapercibido.
   -Bueno –responde el casero, al recordar de pronto los interminables traqueteos del sillón a altas horas, el eco del ir y venir sin fin en el techo, el rechinido frenético de la silla que modulaba llanto o carcajadas poco antes del amanecer-, creo que era un verdadero lunático, un tipejo sin oficio ni beneficio. La verdad es que nunca nadie en los condominios supo nada de él.

   Una araña enorme, moribunda, los observa a ambos desde su tela polvorienta, en hilachos; apostándolo todo al huir desde ese bandoneón aplanado, hasta la palabra ceniza ideada por aquel amante de las ventana en flor.

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