martes, 27 de marzo de 2007

La Excepción a la Regla




LA EXCEPCIÓN A LA REGLA


   Si bien el arte nunca se atreverá a cerrar su círculo, me temo que sí tendrá que vérselas, tarde o temprano, para proponer esa extraña mezcla de sudor y talento que pocos artistas se han decidido a lograr, y que suele llamarse originalidad.
   Resulta fácil de comprender pero difícil de asimilarse: algún Neandertal inteligente ideó la manera de convertir, preservando, la sangre de un rinoceronte peludo en imagen; mientras la insuperable gama de matices suele ser insuficiente para que el pintor actual de un paso más allá de aquellos cavernícolas, o el escritor aventure su imaginación un milímetro eterno; en ambos casos buscando –supongo- un Estilo. Tal parece que todo lo que el humano contemporáneo ha heredado es un simple cuadrado perfecto.

   Esta es la razón por la que mi vieja mecedora a ratos me arrulla; esperando sin prisa a que una que otra nube nocturna, después de la lluvia, se alejen para seguir leyendo en libertad este libro inédito, manuscrito. También me extasiaré con la pulcritud del invisible pincel proyectado perpetuo.
   La noche es tibia aquí en el trópico, olorosa en extremo; como si el chaparrón que hace rato cayó fuese salvaje caricia, invitando a la tierra y su espesura a desfogar sensaciones, emocionalidades que ahora flotan en la oscuridad.
   He prescindido de cualquier clase de luz artificial para evitar a todo hambriento espectador. Me rastrean… Yo suspiro, al descubrir en lo alto una parvada de flamingos, apenas visibles en su vuelo ligero, dirigiendo su ruta al eterno santuario donde provocarán una novedosa tonalidad, al salpicar sus alas rosadas con la espuma marina del mediodía.

   La fosa celeste nunca ha entendido de cuadrados, mucho menos perfectos. Tan diferente el concepto a un sublime acabado.
   Lo que más me gusta de mis citas con la nada es que nunca sé si lo que el firmamento me obsequiará es otro extenso capítulo de la novela, o un divertido cuento de famas y cronopios de cristal; hasta ese aforismo nunca ideado, sin oportunidad de recordarse; esto sin contar el tímido lamento de un cotorrito, pareciendo pedirle a los sapos, con su angustia entrecortada, un minuto de silencio para que la caída de agua guíe a su madre hacia él, al pie del cafetal, donde el canto titubeante de grillos y chicharras parecen comprender su orfandad.

   La Osa Mayor es lienzo fresco brillando transparente. No me decido entre concentrar mi vista en el bosquejo o en el poema en movimiento de una sola línea, que quizás sea uno de esos satélites rusos fotografiando en infrarrojo las antenas de los moscos que han percibido mi Ardor, provocando comezón en mis tobillos; en tanto paso de página:

   Es un códice escrito hace millones de años, en otro planeta. No puedo darme el lujo de ignorarlo; cada estación, en murmullo de años, la novela se reinventa a sí misma; dejándome como efímera moraleja mi propio rectificar.
   ¿Tendré suerte esta madrugada de leer uno de eso lirismos anónimos? que pareciera nunca existieron. Todo depende del calendario gregoriano y sus famosas predicciones.
   ¿A quién le interesa empaparse de noticias inútiles para saber, por casualidad, que esta noche sucederá una lluvia de estrellas? entretanto se quedan dormidos con el pulgar hinchado de tanto cambiar el canal. ¿Por qué la gente no entiende que la mejor estrategia de sobrevivencia es la sorpresa? Lo único que falta es que mañana digan los diarios: “Hoy, a las 9:36:04 horas, sobrevolará el muelle de Veracruz el primer pico, de la parvada número catorce, de la temporada de flamingos 2007” -diez segundos después habrás olvidado la nota.

   La quietud es impresionante, aquí, lejos de la civilización. A pesar del murmullo animal logro escuchar el movimiento de ramas ante el vuelo del ave nocturna al asecho de la sangre de su presa; misma que al amanecer se transformará en canto, capaz de mutar al cubo en esfera.
   Lo anterior me persuade a una reflexión: esta infinita biblioteca posee la extraordinaria capacidad de convertirse en galería donde a diario se expone, a manera de frescos, la escena intemporal de cada obra de teatro más significativa en la relativamente corta historia artística del planeta. Galería enmarcada, de vez en cuando, por alguna estela, de ensayo sin corregir; vamos, sin tema o ideas por meditar. Apasionado cometa anunciando el resurgimiento de la sensibilidad.

   Pólvora impregnada de tinta seca, de matices en reposo. Los hambrientos espectadores siguen cualquier rastro; llamando mi atención el sonido de la lluvia tan semejante al de una sala de concierto, abarrotada de aplausos banales; masacrando, las palmas inconscientes, a la entrelínea pincelada de luciérnagas que solían despertar en parpadeo luminoso la marquesina:

   “PROXIMAMENTE, EL BOSQUEJO DE LA OSA MAYOR SERÁ PRELUDIO A POSTERIORES RENACIMIENTOS”.


    Estoy seguro de que aquel Neandertal aprendió su primera moraleja al salir del hogar, después de la tormenta: “Siempre existirán excepciones a la regla”; internándose en la selva esa luz de esperanza; entregándole al cotorrito aquél, la paz necesaria para ir a soñar anónimo.

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