lunes, 26 de marzo de 2007

Espejismos




ESPEJISMOS

“Leo todos los años algunas obras de Molière,
 de la misma manera que, de vez en cuando, contemplo
 los grabados en cobre de los grandes maestros italianos.
Pues nosotros, pobres criaturas, no podemos conservar
 en nuestro interior la grandeza de tales obras,
y necesitamos volver a ellas de tiempo en tiempo
 para refrescar tales impresiones”.

Goethe.



Casi siempre me sucede que cuando trato de recordar de manera clara una cita, un aforismo o pasaje de cualquier autor, mi mente se niega a revelarla. Como si Nietszche no hubiese marcado al menos un surco en mis neuronas, en esos días de contrastante hambre por descubrir laberintos emocionales; o Whitman y Cioran, ambos  contrapuestos   con la contemplación de un Buda; pasando por el deslumbrante experimento alucinógeno de Thomas de Quincey.
Vamos, que de García Márquez evoco mi último parpadeo antes de haberme quedado profundamente dormido con el libro abierto.

   Me gusta leer una breve biografía, así como ver la foto del escritor antes de comenzar a leerlo. Su rostro siempre me dice más que la semblanza; incluso intuyo en sus facciones si el libro por abrir será o no de mi agrado. Reconozco que una vez adiviné en la mirada de Marcel Proust ciertas facetas que posteriormente comprobé al extraviarme en busca del tiempo perdido, del cual, para no variar, no recuerdo una sola palabra de las ocho hojas que logré leer.
   Y es que los escritores se almacenan en el cerebro más a manera de imagen con peso y volumen que por palabras. Schopenhauer se evoca, por ejemplo, como una pierna de Tiranosaurio-Rex bien frita, exquisitamente sazonada; igual pasa con Anatole France, con la diferencia de que éste último pesaría lo mismo que el alemán sobre las brazas, si lo que se cocinara fuera un ala de codorniz.
   Herman Melville es como un ancla en abandono, enterrada en el arrecife inmaculado. Borges, la muda caracola por siglos inmóvil en el desierto, susurrándonos al oído aquel tiempo en el fondo marino.
   Si no se predispone el lector con la sutileza necesaria, Voltaire puede sonar a canto de sirena perseguida por delfines. Si no se adivina su naturaleza, Kafka se amotina en su propia celda, luchando a muerte con sus fantasmas.

   Así me pasaba la vida rezongando de mi nula capacidad de retención, de todo el tiempo perdido leyendo cosas que en su momento me cautivaron, al punto de restarle horas al sueño. Semejante sensación a cuando se conserva la deliciosa atmósfera de un sueño ya olvidado.
   Pero poco a poco me fui dando cuenta de mi error, incluso de mi ingratitud; del extraño camino que toma la mente para archivar bajo un solo apartado lecciones y vivencias:
   “Lo que no te mata, te fortalecerá”, más o menos escribió Nietszche; quizás ya sumergido en la locura, en aquella cabaña de ermitaño a mitad de su bosque. ¡Qué sé yo!; lo único que entiendo es que es verdad lo que dijo, porque la vida así me lo ha confirmado.
   “Mi cabeza es más alta que la cúpula de cualquier iglesia”, al quitar o poner palabras, seguramente así ideó Whitman mientras le daba el toque de sal al caldero, como empleado de hospital durante la guerra civil norteamericana; y es que las mismas religiones han atestiguado su sentencia en mí.
   “El hombre que ve perdido su amor, ya no es, ya no siente, ya no tiene; está muerto”. Si me escuchara Cioran, lo más probable es que lograría abstraerlo de su genial pesimismo, carcajeando como un bendito al ver lo poco que recuerdo de su idea; pero es lo que logro salvar en mi cabeza; y el sentir de su ella en extravío, estoy seguro, es idéntico al de la mía frustrada.
   “La naturaleza te crea, te ama, te reclamará hasta que aprendas la lección y mutes en otra atmósfera”; resumo en parte a Buda, quien, por si fuera poco, en el fondo se hubiera identificado con Nietszche, Whitman, Cioran, France y hasta Melville –con todo y su Mobby Dick.
   Voltaire, Kafka, incluso Borges se pasaron la vida evadiendo las coordenadas de su respectivo paraíso perdido; pero en el fondo lo que más deseaban era encontrarlo. Esa es la única razón por la que una persona se pone a escribir, hambriento de respuestas en un mismo sentido; disfrazado al mejor estilo de Thomas de Quincey:
“Al ver, sentía; logré sonreír entre aquella nebulosa creada por mí”. Más bien por mí, al interpretar con palabras ajenas su sentir dentro del opio en la búsqueda del yo; que a veces es el todo cuando se encuentra a sí mismo.

   La vida completa se arremolina a través de un filtro tan fino, circunstancial, que un libro es registrado por nosotros de la misma manera en que el planeta sufre de urticaria ante las dos mil tormentas que lo abaten a diario, antes de dar vuelta a la página.
Comprender el universo de Dalí, asimilar una sola emoción de Rodin, intuir el verdadero humor de Tolstoi o imaginar el por qué del Aqualung de Jethro Tull, o la serena estampa convertida en impresionismo por Renoir, quizás esto sea el verdadero arte; experimentas en un momento lo que para el artista muchas veces fue una eternidad truncada.

   Ahora comprendo: no es que no haya aprendido de los maestros. Más bien sucede que todos vamos a la misma escuela, y esa escuela nos enseña exactamente los mismo; viéndose la mente en dificultades para recordar si fue en el aula de la vida, o durante esa exquisita clase particular donde aprendimos primero la lección.
   Lo que sí tengo seguro es que si tuviera que presentar examen, al menos con un patético cuatro lo aprobaría.

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