lunes, 26 de marzo de 2007

Atajos




ATAJOS



   Si el pensamiento aprende los atajos para acceder automático al punto neutro, es entonces que la vida, en buena parte, se vuelve fácil; pero monótona.
   En cambio, cuando el pensamiento divagaba, ansiábamos el equilibrio. Ahora que se tiene éste, buscamos quién nos perdone por haber sido tan ilusos.

   A partir del momento en que un artista se topa con dicho pasaje secreto, fácil a fuerza de descifrar tantas veces el mismo embrollo, penetra sutil y flemático en una contradictoria subjetividad imparcial, soñando con el Nobel, sin tener al menos vocación de cortesana; y sus seguidores se intuyen a sí mismos unos simples aislados en busca de la concerniente vía corta a efecto de desenmarañar, en su personal divagación presuntuosa, la propia existencia vacía. Buscan quién se apiade también de ellos, como última alternativa, en la televisión: el dinero convierte la dicha en sublime infierno; el infierno en la dichosa gloria, desapercibida remembranza flotante, eterna en la periferia de la emoción; siempre arrepentidos de algo que no logran recordar; dispuestos a recibir prudentes premios con tal de mantenerse errado su vano resplandor; sin darse cuenta de que todo galardón, gentileza u honor otorgado por el hombre, desde que éste aprendió a equilibrarse sobre sus dos patas traseras, es otra clase de atajo en busca de la indulgencia inconsciente que el humano, en su conjunto, se siente obligado a otorgar en nombre y absolución de su soberbia (bestialidad).
   Mientras más importante sea el premio, más brutal fue el error –el testamento de Alfred B. Nobel, en nombre y absolución de quienes se siguen aprovechando de su buena fe, es el mejor ejemplo-; más propenso se encontrará el ganador a prostituirse.
   “Ningún famoso merece pasar a la posteridad”, dijo alguien, alguna vez, en nombre de sí mismo.

   Son pocos quienes han logrado dar con el atajo idóneo, desde el momento en que evadieron su reflexiones del punto neutro, a pesar de que todo parecía ir bien en ese instante; provocando un eventual, fantástico desequilibrio; primero en su mente, después en su obra; pero a la vez interpretando este gran hallazgo como simple consecuencia de fortuna en su sublime monotonía pasajera, esperanza cristalina para sus propios seguidores despiertos, en verdad ávidos de toparse con interpretaciones personales; guiados al fin para evitar ir la vida como unos tontos –como decía Frank Zappa-; acaso sin dinero suficiente para satisfacer las masturbaciones de poder de Bill Gates en la sala de su casa y sin vocación para ganarse el Nobel de la Paz.    Bastante se tiene con la guerra cotidiana de sobrevivencia, creada por los famosos atajos que acceden en automático al punto neutro; descubriendo, a cambio, su novel divagación en potencia.

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