martes 27 de marzo de 2007

Cerraduras


El artista siempre busca ser reconocido por su obra; pero esta distinción es justificada solamente cuando lo que intenta es obsequiar, confesar belleza en su verdad. La vanidad hay que ponderarla al alcance estricto de las dificultades en el ir y venir de su expresión; nunca como una característica innata del creador.
El artista superior no sólo lo es por la calidad de sus frutos; también por la doble actitud que asume ante sí mismo y ante la crítica, sea comprendido y/o aceptado o no; aspecto puramente casual que transforma al arte auténtico en una especie de apasionamiento desinteresado, en flexible neutralidad subjetiva; no en exactitud o certeza; que habría que ver si existe una verdadera relación entre estos dos últimos conceptos, con lo excelso, como se obstina en hacérnoslo creer la cotidianeidad actual, surgiendo de manera vertiginosa un abismo entre la real sensibilidad y efímeros talentos de dudosa reputación.



Es muy cierto eso de que “la diferencia entre una obra de arte y una obra maestra, estriba en un último esfuerzo". Tanto como aquella otra: “Hay una manera sencilla de reconocer a un genio: los imbéciles siempre le cierran las puertas”.
Toda la belleza contenida en una verdad silenciosa –porque ningún artista llega a ser plenamente entendido por nadie-, divorciada de soberbias, absorta en el sencillo hecho de entregarse completo. Completo el plan de comprenderse a sí mismo; en esto descansa la verdadera obra maestra; que lo demás podrá ser circunstancia y consecuencia de simples cerraduras.



Ahora sólo queda el reconocimiento de la discreta verdad, la autenticidad que por inercia atrae a la más huidiza de las posibles virtudes de un artista: la originalidad, la perfecta balanza.
De pronto, la puerta cede ante un simple roce, como si siempre hubiese estado abierta. Lo demás, allá afuera, sigue siendo circunstancia y consecuencia en caída libre, exacta y certera.

Pulsaciones de un Café


Si toda gran novela contiene varias novelas implícitas dentro de ella misma, todo cuento, por su parte, debe encerrar un gran vacío palpitante fuera de sí.

El fondo de un cuento se insinúa sutil. En la novela, una mano desnuda puede convertirse en protagonista a largo plazo si está a su alcance algo tan sugestivo como lo es una botella.

La verdad de una novela brota insinuante y sin prisa. Al cuento le basta un manotazo en la mesa para que exploten todas las verdades juntas; midiendo tu pulso mientras das vuelta a la hoja sin percatarte de que el café se ha derramado sobre tu mesa vacía.

Mejor que nadie lo dijo Cortázar: “la novela siempre gana por decisión; el cuento, por knock-out”.
Al final, el café quedará impregnado también entre las hojas del cuento para que el próximo lector remoje sus opiniones, empapándose en ese momento circunstancial que alguna vez el autor vislumbrara impermeable, expreso y con sus tres últimos latidos de ron absorbidos por la madera acostumbrada.

Pulsaciones de un Café (Segunda Parte) -Versión Abstracta


La bombilla prendida bajo el techo aburrido de no ser lecho en piedad, opaca al silencio a través del polvo que la envuelve desde que comenzara a cobrar forma aquella telaraña. Partículas cenizas adheridas también al jirón ondulante en quietud absoluta.

Es el reflejo rescatable. Luz ausente. Furia apenada por no lograr verter vida en esos ríos desembocantes concéntricos al interior de la taza; en todas las demás imágenes fantasmagóricas generadas espontáneas en el té de cafeína en capricho natural de caracolas y espirales. Remolinos revueltos, mas no entrelazados, terminan de acomodarse en el universo –pensamientos furtivos, luces huidizas de certidumbre manifiesta dando paso a la trama de muchas más ilusiones simuladas en su mente.

Si aguza la vista adivinará, sin lograr verla, la sorpresa del color en ninguna otra parte plasmada en este momento. Matices fundidos, chocantes quizás, explotan cerca de las orillas.

El escritor se anima a asomarse en el manantial: la frente se frunce apenada; apenas visible entre sus cabellos en verdad desesperados por dar con esa palabra, aniquilante cada vez que su propia sombra se monta en el espejismo de expresión.

Duele ver la intensidad del barro rugoso dando forma un tanto informe a la vieja taza decorada con escurrimientos de por vida en sus curvas grotescas; en el papel; en las astillas en carne viva de la mesa modelada para madurar la vejez del artista en angustia de sonidos; muda pronunciación por escoger adjetivos cualquiera; que cualquiera puede ser salida en el momento en que el prosista recoge sus codos callosos de ocio en búsqueda de la razón cuando la razón resulta locura adjetivada para los demás.

La expresión tan deseada no llega. Sigue escondida más allá del techo fastidiado por no ser lecho de su espalda dolorida. Al menos la taza empantanada apuesta al aceite bajo el agua. Escribir, en lugar de hablar.

Cuando habla, le llegan tantas ideas amotinadas que termina por convertirse en un adjetivo amordazado proyectando renovados universos de caracolas, espirales y, sobre todo, desgastados remolinos tirando únicamente de lo indispensable para que el lector reordene su pensamiento.



Sorbe de a poco, que poco es nada. El último trago, evidente, infalible. Amenaza con desestabilizar la estética de la idea original en falaces movedizas de su mano apostando a la izquierda. Muere por moverse.

Ahora es virtuoso el margen de error: al asomarse de nuevo en el lecho de la taza le parece descubrir el reflejo de un mosco también amordazado. Más bien es la cáscara de un mosco, chupado, colgando del jirón de telaraña; envuelto para regalo para quien logre interpretarlo en parpadeo de gravedad; trémulo en su flotar.

Nuevo tormento. El fresco accidente del mosco le incita un par de renovadas ideas a desarrollar por la mañana. -Es tan afortunado este escritor que nunca posee el mínimo bosquejo, un día antes, de su siguiente intento. Ciego al amanecer. Solo en la noche. Sólo la penumbra de su bombilla polvosa conoce la clave para invitarlo de nuevo a ser; a hacer lo que es: un hacedor de seres imaginados vivos o vivos en su imaginación. Fantasmal tejedor de huidiza, novedosa verborrea hasta que el ser humano logre reflejarse en ella.



En el fondo de la taza consumida y en el filo de sus dientes nerviosos se debaten diminutas fracciones de granos de café molido; develantes sobre su lengua al sonido del lenguaje.




Un lápiz al fin se siente guiado. Las letras garrapateadas describen el mapa, las venas de la mesa.

El miedo, no a equivocarse, más bien a acertar con esas malditas letras conjugadas en armonía de alas-mensaje sin guía; por Dios que sin sentido.



“¿Por qué? ¿por qué te busco tanto, si al hallarte sé que volveré a desconfiar de ti?” –plegaria del escritor dirigida con fervor al lenguaje, a su propia voz.



Cruje la mesa de nuevo. Pide clemencia en perfil inconcluso al buscador de armonías. ¡Tantas historias llevan a cuestas los ladrillos que lo enclaustran!Halos de luz alrededor del ron embarrado en su vista; en el manuscrito receloso de su propio autor.
Sale a la vida. La palabra pende de la telaraña vacía.

Puntos Suspensivos


Es fácil escribir bien. Todo lo que se necesita es disciplina, tremenda disciplina de años para aprender y aceptar poco a poco las reglas correspondientes; llenando, como resultado, el cerebro de claves, atajos y mañas, así como libreros, cajas repletas de ensayos, manuscritos y hasta la computadora de caracteres.

Incluso sin vocación, ante la pura necesidad de sobrevivencia, la simple práctica enseña a escribir bien. Digamos al cien por ciento de sudor y cero por ciento de genio e inspiración –acaso cierta dosis de talento descubierto a veces sobre la marcha.

Pero existe un abismo entre el simple hecho de escribir bien y escribir con carácter en el estilo, que hasta la osada heterodoxia echa mano de aquellas reglas para demostrar, incluso, la decadencia o el error inadvertido por la arrogancia de los creadores de estas. –León Felipe lo dijo mejor que nadie: “La retórica del poeta está en el cielo”.

Si se está dispuesto a correr semejante riesgo, será indispensable, en cada intento, encontrar el original punto de equilibrio de un círculo perfecto –que sin duda será la versión más auténtica, tangible, audible y olfativa de un delicioso universo, completo, explorado hasta por debajo de sus piedras-, apoyado en la nada, palabra tras palabra, labradas sin excusa en rocas de granito, en la oscuridad de una caverna, en el sueño de una vida; hasta sacar a flote la Idea, la peculiaridad de un algoritmo con alma de diamante; tal vez filosófico, para seguir fastidiando las famosas reglas tan violadas a diario en los periódicos o en los sucios labios de un juez elocuente. Y a manera de colofón, esa frágil, intensa angustia de unos puntos suspensivos provocando la incertidumbre, el extravío, el naufragio del lector.
A esto es a lo que se le llama Escribir.

Y es que no es tan fácil hacerlo cuando la cotidianeidad no lo exige; cuando se logra hacer dudar al propio dogma en el simple desequilibrio de tres lunares asimétricos, aún frescos, diluidos en mares de papel; dando a luz al suspenso de aquellos puntos desbarrancados en docenas de libretas, cajetillas vacías de cigarrillos, panfletos de moda, paredes y cuentas de hotel. Hasta la palma de mi mano, de náufrago, agitada en lo alto, esperando a que la tinta se seque y el sueño cristalino no convierta mi universo en otra nebulosa.

Vamos, para dominar al mundo siempre será necesario, básico, imprescindible –suficiente-, seguir el método susurrante de una gran mentira, una burda constante sustituida por otra de vez en cuando.

Para gritar mi verdad –recuerdo tan pocas cosas de muchas más- basta con aventarme al abismo.

La Excepción a la Regla


Si bien el arte nunca se atreverá a cerrar su círculo, me temo que sí se verá en problemas muy pronto para proponer esa extraña mezcla de sudor y talento que pocos artistas se han decidido a lograr, y que suele llamarse originalidad.

Resulta fácil de comprender pero difícil de asimilar: algún Neandertal inteligente ideó la manera de transformar y preservar la sangre de un rinoceronte peludo en imágenes; mientras la insuperable gama de matices suele ser insuficiente para que el pintor actual de un paso más allá de aquellos cavernícolas o el escritor aventure su imaginación un milímetro eterno; en ambos casos buscando un Estilo. Tal parece que todo lo que el humano contemporáneo ha heredado son simples cuadrados perfectos.


Esta es la razón por la que mi vieja mecedora a ratos me arrulla; esperando sin prisa a que las escasas nubes nocturnas, después de la lluvia, se alejen para seguir leyendo en libertad este libro inédito, manuscrito. También me extasiaré con la pulcritud de invisibles pinceles proyectados perpetuos.


La noche es tibia aquí en el trópico, olorosa en extremo; como si el chaparrón que hace rato cayó fuese salvaje caricia invitando a la tierra y su espesura a desfogar sensaciones, emociones que ahora flotan en la oscuridad.


He evitado toda clase de luz para evitar a la vez toda clase de hambrientos espectadores. Me rastrean… Yo suspiro, al descubrir en lo alto una parvada de flamingos apenas visibles, ligeros, dirigiendo su vuelo al eterno santuario donde provocarán novedosas tonalidades al salpicar sus alas rosadas con la espuma marina del mediodía.

La concavidad celeste nunca ha entendido de cuadrados, mucho menos perfectos. Tan diferente concepto a un sublime acabado.


Lo que más me gusta de mis citas con la nada es que nunca sé si lo que el firmamento me obsequiará será otro extenso capítulo de la novela o un divertido cuento de famas y cronopios de cristal; hasta ese aforismo nunca ideado, recordado; esto sin contar el tímido lamento de un cotorrito, pareciendo pedirle a los sapos, con su angustia entrecortada, un minuto de silencio para que la cascada guíe a su madre hacia él, al pie del cafetal, donde el canto titubeante de grillos y chicharras parecen comprender su orfandad.

La Osa Mayor es lienzo en proceso brillando transparente. No me decido entre concentrar mi vista en el bosquejo o en el poema en movimiento de una sola línea, que quizás sea uno de esos satélites rusos fotografiando en infrarrojo las antenas de los escasos moscos que han percibido mi Ardor, provocando comezón en mis tobillos; en tanto paso de página:

Es un códice escrito hace millones de años en otros planetas. No puedo darme el lujo de ignorarlo, pues cada estación, cada año, la novela se reinventa a sí misma; dejándome como efímera moraleja mi propia innovación.


¿Tendré suerte esta madrugada de leer uno de eso lirismos anónimos? Aquellos que pareciera nunca existieron. Todo depende del calendario gregoriano y sus famosas predicciones.
¿A quién le interesa empaparse de noticias inútiles para enterarse por casualidad que esta noche sucederá una lluvia de estrellas; mientras te quedas dormido con el pulgar hinchado de tanto cambiar el canal? ¿Por qué la gente no entiende que la mejor estrategia de sobrevivencia es la sorpresa? Lo único que falta es que mañana digan los diarios: “Hoy, a las 9:36:04, sobrevolará el muelle de Tampico el primer pico de la parvada número catorce de la temporada de flamingos 2005”; diez segundos después ya habrás olvidado la nota.

La quietud es impresionante, aquí, lejos de la civilización. A pesar del murmullo animal logro escuchar el movimiento de ramas ante el vuelo del ave nocturna al asecho de la sangre de su presa; misma que al amanecer se transformará en canto capaz de metamorfear al cubo en esfera.


Lo anterior me hace reflexionar: esta infinita biblioteca posee la extraordinaria capacidad de convertirse en galería donde a diario se exponen, a manera de frescos, las escenas intemporales de las obras de teatro más significativas en la relativamente corta historia artística del planeta. Galería enmarcada, de vez en cuando, por alguna estela a manera de ensayo sin corregir; vamos, sin tema o ideas por meditar. Apasionado cometa anunciando el resurgir de la sensibilidad.

Pólvora impregnada de tintas secas, de matices en reposo. Los hambrientos espectadores siguen cualquier rastro; llamando mi atención el sonido de la lluvia tan parecido al de una sala de conciertos abarrotada de aplausos bofos; masacrando las palmas inconscientes a las entrelíneas pinceladas de cientos de luciérnagas que solían despertar en parpadeos luminosos la marquesina:

“PROXIMAMENTE, EL BOSQUEJO DE LA OSA MAYOR SERÁ PRELUDIO A POSTERIORES RENACIMIENTOS”.

Estoy seguro de que aquel Neandertal aprendió su primer moraleja al salir de su hogar después de la tormenta: “Siempre existirán excepciones a la regla”; internándose en la selva esa luz de esperanza, obsequiándole al cotorrito la paz necesaria para ir a soñar contigo, anónimo retoño perdido en el trópico.

Accidente en Tres Actos


Alguien dijo que, la primera vez que una persona lee algo con valor literario, lo descubre. La segunda, lo asimila –lo digiere-. En una tercera oportunidad seguro logrará hacerlo suyo.

A diferencia del lector, el autor hace suyo el escrito desde el momento en que comienza a redactarlo. Luego lo asimilará a su manera –nutriendo, censurando-, en su personal perspectiva. Finalmente lo descubre al revelársele íntegra esa verdad que culmina con la obra.

La percepción inicial del lector equivale a la plenitud del escritor en la misma proporción a la idea original del creador respecto a la posesión absoluta del lector. Esto significa que el trance de asimilación –comprensión, punto neutro en ambos casos- abre el camino del arte para el lector mientras el artista se ve obligado a cerrar perspectivas.

El lector se inquieta, cuestiona y atesora. El autor, si es que ha aprendido a penetrar, desentrañar su originalidad, siempre pende de un hilo; provoca peripecias aun involuntarias; dando paso al fortuito en tres actos absorbidos y vueltos a polemizar al mejor antojo de su tiempo.

Es entonces que por puro accidente lo descubren, lo asimilan, lo hacen suyo.

La Idea


Es siempre a partir de una idea donde la literatura comienza y termina cobrando sentido.

No me refiero a temas, cuestiones o asuntos genéricos; más bien a esas caprichosas imágenes conceptuales reflexionadas por un instante en la mente; aun fantasías de ingenios intrínsecos en sí mismos, los cuales se valen incluso de obsesiones, caprichos o hasta manías aspirando a toparse con sus propios argumentos ideales.

En otras palabras, podría decirse que es la fijación subjetiva y microscópica dentro de un tema, de la cual brotarán poco a poco, luego de muchos ensayos, las palabras exactas; mezcla de discernimientos –la llamada transpiración- e inspiración.

Al tenerse clara la idea en particular, la transpiración –el trabajo pesado de arrastrar la pluma o teclear frenéticos- logra sintetizarse en muy buena parte; reduciéndose a la interesante experimentación de unas cuantas variables; y si hay talento, la inspiración se encargará de impregnar el desarrollo del concepto, convirtiéndose en el ingrediente principal del escrito al proporcionarle profundidad en todo sentido a la idea original.

Aun cuando dicha idea a veces brota o se modifica con hondura e intensidad durante el desarrollo del trabajo, provocando el replanteamiento drástico o somero de los demás factores, aquella luz siempre surge en fracciones de segundo en la mente; mientras la inspiración y la transpiración invariablemente van de la mano y su proceso de maduración puede durar horas o años. Pero la idea, el chispazo creador de todo, ahí está ya como base insustituible en el futuro texto, pues sin ella nada de lo demás tendría sentido verdadero.

Es mentira, al menos en literatura, que todo se base en un noventa y nueve por ciento de transpiración y un uno por ciento de inspiración; y es que la misma historia nos enseña que ideas originales es lo más difícil de encontrar dentro de la imaginación; a pesar de que la práctica constante ayuda a desarrollar destrezas y estas a la vez el genio necesario para desmenuzar ideas antes de comenzar a desarrollarlas.

Pero no hay que confundirse. La inspiración en sí no genera la idea. Esta más bien es una especie de dialecto instantáneo e irrepetible creado por nosotros en la mente por medio de una aguda y afortunada “transpiración” de las neuronas conectadas con sutiles y desconocidas atmósferas reales; por lo tanto nunca se revelan cuando las buscamos premeditadamente.

Sin ideas trascendentes, la literatura resulta tan plana como una fría combinación numérica. Más importante que esos porcentajes inspirados y transpirados, lo son un lápiz y una hoja de papel en el bolsillo para atrapar esos escasos chispazos, en el lugar y momento menos sospechados, incluso menos inspirados de nuestra vida.

La Idea (Segunda Parte)


La cama plegadiza permanece en el mismo rincón tragándose abandonos; adherida a la pared por telarañas a manera de manto macabro, olvidado en otra circunstancia; visible desde la puerta, al extremo opuesto de la pequeña recámara.
Si las arañas pudiesen alimentarse de polvo, quizás alguna ya habría aprendido a estirar esa vieja cama que solía crujir de dolor como discordante bandoneón; reposando en un tiempo el fastidio, su gula seca; pero lo único que parece mantener aquel sueño singular es el mismo polvo que solía anunciar su entrada vespertina por el visillo de la ventana, a manera de nieve evaporada en pirueta ocasional, resplandeciente al dudoso amparo de un sol festivo y secretos en la tumba del sillón apolillado, con tres ladrillos siempre en humedad, en vez de patas, martirizando la corta alfombra deshilachada desde el tercer piso, donde hasta los moscos eran bienvenidos.
El escritorio y la silla se han convertido en lo más semejante a la silueta de un fantasma pulverizado en el rincón opuesto del diminuto espacio. El techo opaco, manchado en un azar voluptuoso de amarillo pardo que esconde enigmas de obsesión, traducidos en eterno ascenso del cigarrillo y transpiraciones, noventa y nueve por ciento desoladas, el resto ocasional hasta la parte alta de la pared; donde el escritorio arrumbado se pregunta si él ya habrá viajado lo suficiente para considerarse un ducho contador de historias, o si la historia algún día contará su introversión maníaca a través del talento.
Sobre la silla rústica –que sigue desde hace varios meses inmóvil, sin mácula, colocada con decencia en el hueco del escritorio- reposan los últimos bosquejos de una inspiración aprendida de memoria, abandonado uno tras otro por el seductor de sensaciones, entre mil marcas obvias y tachadura en neurosis, aquella tarde en que la conmoción lo orillara a prescindir de ese uno por ciento ocasional que, para no variar, él imaginó eterno; al menos mientras la última partícula del polvo se posaba sobre esa piel femenina, modificando con hondura e intensidad el doble celo del segundo bastante en que ella pronunció la palabra clave, para que ahora la imaginación del autor se obstine en atrapar la idea a desarrollar en cualquier nuevo espacio de la ciudad.



-La renta es de mil quinientos pesos; un depósito por la misma suma y dos meses de adelanto… Eh, únicamente nos falta pintar esta recámara –recita el arrendador, luego de girar completa la angustia de las bisagras; seguido por el cliente potencial-. El inquilino que teníamos era muy extraño –sigue el dueño del lugar, dirigiendo su mirada apenada en toda dirección-. Ya sabe, uno de esos locos solitarios. ¡Qué tipo! ¡se limitó a amueblar solamente esta parte del departamento! -¿”El inquilino era muy extraño”? –pregunta el futuro cliente-, ¿a qué se refiere con eso? –abanicándose el rostro con su diario doblado ante el bochorno de encierro; a la vez que descubre con intriga una de tantas anotaciones aisladas, nerviosas, a lápiz, las cuales tapizan la parte baja de una pared; una que otra marca el yeso o apenas enfocando en su conjunto un espacio casi desapercibido.
-Bueno –responde el casero, al recordar de pronto los interminables traqueteos del sillón a altas horas, el eco del ir y venir sin fin en el techo, el rechinido frenético de la silla que modulaba llanto o carcajadas poco antes del amanecer-, creo que era un verdadero lunático, un tipejo sin oficio ni beneficio. La verdad es que nunca nadie en los condominios supo nada de él.


Una araña enorme, moribunda, los observa a ambos desde su tela polvorienta, en hilachos; apostándolo todo al huir desde ese bandoneón aplanado, hasta la palabra ceniza ideada por aquel amante de las ventana en flor.

lunes 26 de marzo de 2007

Orgía en Mi


La magia en literatura se basa en el dominio de un universo dentro del proceso: de todo un poco, hasta que encuentres lo poco que dejaron de tu todo. Algo así como escribir la “Orgía en Mi” para lápiz y papel.



Tomando en cuenta que una persona uniformada se nulifica emocionalmente ante sí misma a la mínima expresión, los miembros de la orquesta interpretarían la “Orgía en Mi” desnudos, en la sala vacía; el mismo director ofreciendo sus axilas y su trasero al universo colándose a manera de rayo de luna desde el tragaluz mientras el Ministro de Educación, en su residencia, fragua el próximo impuesto por el uso de la eñe y la che: tildes y corchetes; al tiempo que en la azotea un macho torturado se aprovecha de lo poco que otros dejaron de la partitura –después del pago de derechos- a capela de una gata en brama.



Tal vez los perros te sean indiferentes; pero un gato, o lo adoras o lo odias; sobre todo cuando se cruzan en tu solana, arriba de tu cama. Señal impostergable para el perro de convertirse en legalidad vigente, útil para transformar ese rayo de luna en infierno de vanos intentos.
Creo que al menos los perros no tienen idea de la muerte, ni siquiera la presienten; simplemente se concretan, en su momento final, a seguir gozando de lo poco que les queda de su todo. En todo caso, si la intuyeran las aceptarían conformes, sin importarles lo que hubiera después.



El creador de la “Orgía en Mi” ha sido tan falto de tacto que, al tener idea de un más allá del tragaluz –buen título para su próximo libro-, presiente al infierno bajo sus pies desnudos; a tal grado que la orquesta completa, en medio del vacío contenido en la sala, materializan su tormento en esta vida.



Es entonces que el artista se uniforma. Las tildes y corchetes pasan a formar parte de un ejército derrotado por las garras de la burocracia.

Atajos


Si el pensamiento aprende los atajos para acceder automático al punto neutro, es entonces que la vida, en buena parte, se vuelve fácil; pero monótona.
En cambio, cuando el pensamiento divagaba, ansiábamos el equilibrio. Ahora que se tiene, buscamos quién nos perdone por haber sido tan ilusos.

A partir del momento en que un artista se topa con dicho pasaje secreto, fácil a fuerza de descifrar tantas veces el mismo embrollo, penetra sutil y flemático en una contradictoria subjetividad imparcial; soñando con el Nobel, sin tener al menos vocación de cortesana; y sus seguidores se intuyen a sí mismos unos simples aislados en busca de la concerniente vía corta a efecto de desenmarañar, en su personal divagación presuntuosa, la propia existencia vacía. Buscan quién se apiade también de ellos, como última alternativa, en la televisión: el dinero convierte la dicha en sublime infierno; el infierno en la dichosa gloria, desapercibida remembranza flotante, eterna en la periferia de la emoción; siempre arrepentidos de algo que no logran recordar; dispuestos a recibir prudentes premios con tal de mantenerse errado su vano resplandor; sin darse cuenta de que todo galardón, gentileza u honor otorgado por el hombre, desde que éste aprendió a equilibrarse sobre sus dos patas traseras, es otra clase de atajo en busca de la indulgencia inconsciente que el humano, en su conjunto, se siente obligado a otorgar en nombre y absolución de su soberbia (bestialidad).
Mientras más importante sea el premio, más brutal fue el error –el testamento de Alfred B. Nobel, en nombre y absolución de quienes se siguen aprovechando de su buena fe, es el mejor ejemplo-; más propenso se encontrará el ganador a prostituirse.
“Ningún famoso merece pasar a la posteridad”, dijo alguien, alguna vez, en nombre de sí mismo.

Son pocos quienes han logrado dar con el atajo idóneo, desde el momento en que evadieron su reflexiones del punto neutro, a pesar de que todo parecía ir bien en ese instante; provocando un eventual, fantástico desequilibrio; primero en su mente, después en su obra; pero a la vez interpretando este gran hallazgo como simple consecuencia de fortuna en su sublime monotonía pasajera, esperanza cristalina para sus propios seguidores despiertos, en verdad ávidos de toparse con interpretaciones personales; guiados al fin para evitar ir la vida como unos tontos –como decía Frank Zappa-; acaso sin dinero suficiente para satisfacer las masturbaciones de poder de Bill Gates en la sala de su casa y sin vocación para ganarse el Nobel de la Paz. Bastante se tiene con la guerra cotidiana de sobrevivencia, creada por los famosos atajos que acceden en automático al punto neutro; descubriendo, a cambio, su novel divagación en potencia.

Espejismos


Casi siempre me sucede que cuando trato de recordar de manera clara una cita, un aforismo o pasaje de cualquier autor, mi mente se niega a revelarla. Como si Nietszche no hubiese marcado al menos un surco en mis neuronas, en esos días de contrastante hambre por descubrir laberintos emocionales; o Whitman y Cioran, ambos contrapuestos con la contemplación de un Buda; pasando por el deslumbrante experimento alucinógeno de Thomas de Quincey.
Vamos, que de García Márquez evoco mi último parpadeo antes de haberme quedado profundamente dormido con el libro abierto.

Me gusta leer una breve biografía, así como ver la foto del escritor antes de comenzar a leerlo. Su rostro siempre me dice más que la semblanza; incluso intuyo en sus facciones si el libro por abrir será o no de mi agrado. Reconozco que una vez adiviné en la mirada de Marcel Proust ciertas facetas que posteriormente comprobé al extraviarme en busca del tiempo perdido, del cual, para no variar, no recuerdo una sola palabra de las ocho hojas que logré leer.
Y es que los escritores se almacenan en el cerebro más a manera de imagen con peso y volumen que por palabras. Schopenhauer se evoca, por ejemplo, como una pierna de Tiranosaurio-Rex bien frita, exquisitamente sazonada; igual pasa con Anatole France, con la diferencia de que éste último pesaría lo mismo que el alemán sobre las brazas, si lo que se cocinara fuera un ala de codorniz.
Herman Melville es como un ancla en abandono, enterrada en el arrecife inmaculado. Borges, la muda caracola por siglos inmóvil en el desierto, susurrándonos al oído aquel tiempo en el fondo marino.
Si no se predispone el lector con la sutileza necesaria, Voltaire puede sonar a canto de sirena perseguida por delfines. Si no se adivina su naturaleza, Kafka se amotina en su propia celda, luchando a muerte con sus fantasmas.

Así me pasaba la vida rezongando de mi nula capacidad de retención, de todo el tiempo perdido leyendo cosas que en su momento me cautivaron, al punto de restarle horas al sueño. Semejante sensación a cuando se conserva la deliciosa atmósfera de un sueño ya olvidado.
Pero poco a poco me fui dando cuenta de mi error, incluso de mi ingratitud; del extraño camino que toma la mente para archivar bajo un solo apartado lecciones y vivencias:
“Lo que no te mata, te fortalecerá”, más o menos escribió Nietszche; quizás ya sumergido en la locura, en aquella cabaña de ermitaño a mitad de su bosque. ¡Qué sé yo!; lo único que entiendo es que es verdad lo que dijo, porque la vida así me lo ha confirmado.
“Mi cabeza es más alta que la cúpula de cualquier iglesia”, al quitar o poner palabras, seguramente así ideó Whitman mientras le daba el toque de sal al caldero, como empleado de hospital durante la guerra civil norteamericana; y es que las mismas religiones han atestiguado su sentencia en mí.
“El hombre que ve perdido su amor, ya no es, ya no siente, ya no tiene; está muerto”. Si me escuchara Cioran, lo más probable es que lograría abstraerlo de su genial pesimismo, carcajeando como un bendito al ver lo poco que recuerdo de su idea; pero es lo que logro salvar en mi cabeza; y el sentir de su ella en extravío, estoy seguro, es idéntico al de la mía frustrada.
“La naturaleza te crea, te ama, te reclamará hasta que aprendas la lección y mutes en otra atmósfera”; resumo en parte a Buda, quien, por si fuera poco, en el fondo se hubiera identificado con Nietszche, Whitman, Cioran, France y hasta Melville –con todo y su Mobby Dick.
Voltaire, Kafka, incluso Borges se pasaron la vida evadiendo las coordenadas de su respectivo paraíso perdido; pero en el fondo lo que más deseaban era encontrarlo. Esa es la única razón por la que una persona se pone a escribir, hambriento de respuestas en un mismo sentido; disfrazado al mejor estilo de Thomas de Quincey:“Al ver, sentía; logré sonreír entre aquella nebulosa creada por mí”. Más bien por mí, al interpretar con palabras ajenas su sentir dentro del opio en la búsqueda del yo; que a veces es el todo cuando se encuentra a sí mismo.

La vida completa se arremolina a través de un filtro tan fino, circunstancial, que un libro es registrado por nosotros de la misma manera en que el planeta sufre de urticaria ante las dos mil tormentas que lo abaten a diario, antes de dar vuelta a la página.Comprender el universo de Dalí, asimilar una sola emoción de Rodin, intuir el verdadero humor de Tolstoi o imaginar el por qué del Aqualung de Jethro Tull, o la serena estampa convertida en impresionismo por Renoir, quizás esto sea el verdadero arte; experimentas en un momento lo que para el artista muchas veces fue una eternidad truncada.

Ahora comprendo: no es que no haya aprendido de los maestros. Más bien sucede que todos vamos a la misma escuela, y esa escuela nos enseña exactamente los mismo; viéndose la mente en dificultades para recordar si fue en el aula de la vida, o durante esa exquisita clase particular donde aprendimos primero la lección. Lo que sí tengo seguro es que si tuviera que presentar examen, al menos con un patético cuatro lo aprobaría.

Anónimo Mexicano


Verdad: A la imaginación, los sueños y los recuerdos –fino recreo para abismar penetrante, o acaso darle un repaso a la realidad (uno que otro afortunado logrará además ironizarla)-, los separa la agudeza de un suspiro; fusionados en el momento en que cualquiera de los tres se sublime.

Embuste: “... y los nudillos dejaron de hinchársele de tanto tocar puertas –contaba la moraleja, frente a su máquina de escribir, el autor creado por el protagónico incógnito, en la novela inédita de Aldous Huxley-, cuando las yemas de sus manos se animaron a teclear tan sólo las palabras convenientes. Con el tiempo, su huella dactilar se confundía con la prueba anti-falsificación de los billetes recién impresos...”

Debate: La creatividad, los anhelos y la remembranza, pueden llegar a fundirse en placentero vínculo que purifica, adivina e interpreta la perspicacia, la fantasía y, por simple derivación, un vistazo al futuro. Es verdad, existirán pesadillas, terrorífica alucinación durante el proceso de aprovechamiento de uno mismo al imaginar sueños y un recuerdo; evadiendo por completo el ser utilizado por un fajo de hojas en blanco.

Conclusión: El anonimato, dada la circunstancia actual, sigue siendo la gran oportunidad para que el escritor modifique de manera profunda, auténtica, la conciencia de su medio.

Moraleja: Me niego a aprenderla. No vaya a ser que mañana la sufra entre sueños y termine con mi anhelo perfecto: olvidar mi propio nombre. Mi Mundo Feliz.