
El artista siempre busca ser reconocido por su obra; pero esta distinción es justificada solamente cuando lo que intenta es obsequiar, confesar belleza en su verdad. La vanidad hay que ponderarla al alcance estricto de las dificultades en el ir y venir de su expresión; nunca como una característica innata del creador.
El artista superior no sólo lo es por la calidad de sus frutos; también por la doble actitud que asume ante sí mismo y ante la crítica, sea comprendido y/o aceptado o no; aspecto puramente casual que transforma al arte auténtico en una especie de apasionamiento desinteresado, en flexible neutralidad subjetiva; no en exactitud o certeza; que habría que ver si existe una verdadera relación entre estos dos últimos conceptos, con lo excelso, como se obstina en hacérnoslo creer la cotidianeidad actual, surgiendo de manera vertiginosa un abismo entre la real sensibilidad y efímeros talentos de dudosa reputación.
El artista superior no sólo lo es por la calidad de sus frutos; también por la doble actitud que asume ante sí mismo y ante la crítica, sea comprendido y/o aceptado o no; aspecto puramente casual que transforma al arte auténtico en una especie de apasionamiento desinteresado, en flexible neutralidad subjetiva; no en exactitud o certeza; que habría que ver si existe una verdadera relación entre estos dos últimos conceptos, con lo excelso, como se obstina en hacérnoslo creer la cotidianeidad actual, surgiendo de manera vertiginosa un abismo entre la real sensibilidad y efímeros talentos de dudosa reputación.
Es muy cierto eso de que “la diferencia entre una obra de arte y una obra maestra, estriba en un último esfuerzo". Tanto como aquella otra: “Hay una manera sencilla de reconocer a un genio: los imbéciles siempre le cierran las puertas”.
Toda la belleza contenida en una verdad silenciosa –porque ningún artista llega a ser plenamente entendido por nadie-, divorciada de soberbias, absorta en el sencillo hecho de entregarse completo. Completo el plan de comprenderse a sí mismo; en esto descansa la verdadera obra maestra; que lo demás podrá ser circunstancia y consecuencia de simples cerraduras.
Toda la belleza contenida en una verdad silenciosa –porque ningún artista llega a ser plenamente entendido por nadie-, divorciada de soberbias, absorta en el sencillo hecho de entregarse completo. Completo el plan de comprenderse a sí mismo; en esto descansa la verdadera obra maestra; que lo demás podrá ser circunstancia y consecuencia de simples cerraduras.
Ahora sólo queda el reconocimiento de la discreta verdad, la autenticidad que por inercia atrae a la más huidiza de las posibles virtudes de un artista: la originalidad, la perfecta balanza.
De pronto, la puerta cede ante un simple roce, como si siempre hubiese estado abierta. Lo demás, allá afuera, sigue siendo circunstancia y consecuencia en caída libre, exacta y certera.
De pronto, la puerta cede ante un simple roce, como si siempre hubiese estado abierta. Lo demás, allá afuera, sigue siendo circunstancia y consecuencia en caída libre, exacta y certera.










